Los nuevos en la política y en la protesta (así como los cercanos al antiguo gobierno) se deshacen en improperios contra la nueva alternativa de poder democrático. Para ellos la derecha no existe; de su mente, que se estima abierta, nace la más cerrada bifurcación y polarización social.
Es fácil entender que lo joven tenga gran presentación y agrade como encarnación del progreso. Es así como los que estoy llamando nuevos se encargan de desechar el pasado, pese a que en la continuidad de los siglos todos estamos condenados a ser pasado, más pronto que tarde. Vanidosos somos quienes existimos y nos movemos hoy, así como aquellos que irrumpen, se adueñan de la velocidad y del tiempo y creen que nunca pasarán.
Es propio de los que llegan abrir plaza en contra de lo establecido y pretender destruir bases sociales consolidadas, de donde viene la discusión sobre lo que debe conservarse y lo que no y la consiguiente denominación de retardatarios y progresistas.
Más nos valdría a todos la tolerancia y aún más a quienes de progresistas pasan a ser anarquistas, ignorantes de que serán los conservadores de mañana. Los mismos que hoy son revoltosos, serán inspectores de policía o ejecutivos de transnacionales. El Tuerto López presentía el futuro de sus contemporáneos de sueños y los veía más tarde frente a una máquina de escribir, que era lo de entonces, tal vez ante una prosaica Underwood de oficina, tan tecleada por el famoso Tuerto.
Aquí y ahora, estrenando gobierno, en alternancia y en legítimo turno democrático, muchos rezongan por el cambio producido y no parecen permitir que el ganador en elecciones actúe a su manera, no digo sin oposición, pero sí con un mínimo de tolerancia.
Frases del humorista Daniel Samper Ospina en respuesta a la connotada periodista Cecilia Orozco Tascón ilustran sobre la coexistencia que debe haber entre discrepantes: “Yo no censuro a nadie, nunca, jamás. Entiendo la libertad de expresión para defender no a quienes piensan como yo, sino a quienes no piensan como yo. Ser tolerante con el igual no es un signo de tolerancia sino de egolatría (y continúa por esa línea)”. Las palabras del sarcástico escritor, de gran resonancia en el medio joven y libertario, son para tener muy en cuenta en la ardiente discusión de los tiempos presentes. En cuanto alude a este columnista, ya le he manifestado a Samper mi reconocimiento por sus convivientes términos, aunque ninguna discrepancia se ha presentado entre nosotros ni haya motivos para ello.
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Intolerantes sañosos corren a la caza de lo que diga, algunas veces de modo gracioso, María Fernanda Cabal, o de quien preside con suficientes méritos el poder legislativo, no sin cierta gracia llamado el bachiller.