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Sustitución política

05 de agosto de 2018 - 10:00 p. m.

Al día siguiente de esta columna de lunes, se producirá el cambio de gobierno, que no será solamente el relevo de una persona en la cabeza del Estado, sino la sustitución política correspondiente a una alternativa democrática.

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No será más de lo mismo. Por lo pronto, comienza de nuevo una administración de cuatro años, tradición del siglo XX, que les fueron suficientes a grandes presidentes, como Olaya, López, los Ospina. En este siglo XXI vino la autoprolongación de mandatos, en forma un tanto oscura: primero fue el caso Uribe y el “articulito”, y luego el de su émulo Santos, quien aprovechó el camino abierto, que más tarde reprochó.

Es un buen tiempo. Los cambios renuevan el aire, suavizan las crispaciones que producen los abusos de poder y reparten las oportunidades. Hay que recordar que en Colombia el período presidencial llegó a ser de dos años, en el siglo XIX.

Pero el cambio que viene, que ojalá no exaspere a la nueva oposición, es el correspondiente a la promesa de campaña de replantear el proceso de paz. No para volver a la guerra, hombre, no, sino, en lo posible, para preservar lo conseguido con atenuantes, pues se alteró gravemente la Constitución política de la República. Tampoco para reducir a cárcel intramural o extradición a quienes negociaron, hipótesis ambas que detesto.

He expresado como una opinión apenas deontológica, si se quiere alocada, que el ser humano no debe estar en cautiverio. Ahora bien, si la penalidad, de todos modos establecida, se merma o se indulta, debe ampliarse a los demás presos comunes en alguna medida y en lo que toca con los que se enfrentaron en armas, una ley de punto final sería ideal para deshacer resentimientos interminables. Materia esta que sería apta para un nuevo acuerdo bilateral.

Se habla mucho del resarcimiento a las víctimas por medio del castigo al victimario, pero generalmente no está en ellas el deseo de venganza, cuando su gran sentimiento es el de la pérdida de sus seres queridos o el daño que ello representa en el equilibrio familiar o su desplazamiento, todo lo cual debe cuantificarse.

El gran fracaso y la mayor mentira, conjugada entre las conversaciones de paz política, es el capítulo de las víctimas, que si las hicieron partícipes de los acuerdos fue en escasa proporción y que sirvieron como escudo sensible ante los críticos. Todas las guerras y esta guerrilla, llamada guerra con equívoco orgullo, tienen víctimas irredentas, a las que ningún Estado puede reparar ni en su número ni en sus enormes daños.

Este segundo e histórico Santos, que ahora termina, queda señalado por su acuerdo casi secreto hacia la paz, que fue amplificado ante el mundo, pero negado popularmente, dígase lo que se quiera en contrario. El nuevo gobierno, que mañana empieza, imagino que va a salvaguardar lo que pueda de esa paz, pero deberá mejorar su diseño.

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