EL ASILO DIPLOMÁTICO NO ES BUEno si es para Manuel Zelaya dentro de su propia Honduras, en un Brasil extraterritorial y malo si es para Pedro Carmona en Colombia. O malo, si es para Manuel Rosales en Perú. El asilo es institución, de por sí, buena y provechosa para el Derecho. Dígase lo mismo del refugio, que es sutilmente distinto.
Por medio del asilo se protege al ciudadano cuando es, a todas luces, un perseguido político. No importa que se disfrace esta persecución con una acusación penal de algún tipo, como suele suceder.
Se trata de evitar que la saña del poder recaiga en el particular y se le quiera aplicar un remedo de justicia, permeado de pasiones. Con el asilo se le dice al perseguidor: usted, señor Estado, no está en condiciones de juzgar a esta persona, por eso mejor la tengo aquí, a mi buen recaudo.
Asilo provocador y desafiante, de otro estilo, pero de todos modos asilo, se configura con el sorpresivo regreso del presidente depuesto de Honduras a su país, como se lo prometió a la opinión mundial y a sus seguidores. ¿Cómo ganó el alero diplomático? No se demoró en revelarlo el propio dictador venezolano: por medio de un ardid de conjurados, Chávez y el presidente Lula, un poco a desmedro del estilo más sereno de éste. Se ensayó con ello una diplomacia secreta por parte de los socialistas del siglo veintiuno, aunque, por supuesto, incursionando indebidamente en otro Estado.
Ante un auditorio complaciente y silencioso, de boinas rendidas, Chávez ha proclamado que puso a Zelaya “allá, donde debe estar”, habiéndolo transportado en aviones venezolanos y maleteros de autos. Sin que faltaran, al decirlo, las cámaras de Oliver Stone.
Sea como fuere, el presidente Zelaya estará seguro en casa del embajador de Brasil, donde nada le pasará, salvo tener que permanecer encerrado durante algún tiempo (Haya de la Torre duró cinco años al amparo del embajador colombiano, Echeverri Cortés; quince, el cardenal Mindszenty en la embajada norteamericana en Budapest, por cierto, maltratado).
Es posible que no se surtan las formalidades del asilo, porque implicarían un tácito reconocimiento al gobierno golpista de Tegucigalpa, pero, de todos modos, una sede diplomática es inviolable a los ojos del mundo civilizado. Y allí estará Zelaya, asilado de hecho, el sombrero alón sobre su rostro dormido o colgado de una percha.
En estos tiempos convulsos de Latinoamérica, se tendrá que apelar varias veces a este recurso de salvación, que evitará cárceles tan oprobiosas como la que padece el general Raúl Baduel, en la Venezuela de Chávez. En vez de caminar como un ciudadano ingenuo por las calles de su barrio, Baduel ha debido solicitar asilo, pues ya había fastidiado suficientemente al dictador.