El poeta Rodolfo de Roux, Jesuita, en sus provectos años, invariable y nítido, con espíritu de juventud, cuya inspiración nos llevó a la vaga verdad de la poesía y por cuyo medio nos sensibilizamos con “el verde sombra del pinar” y con el diente de león, como un “reguero de oro sobre los campos”, estaba allí, en la Feria del Libro.
Invitaba la Tertulia de Gloria Luz Gutiérrez y, como allí se decía, se trataba de un acto sobre poesía inédita, en su honor. Se daría un premio definido por un alto jurado (el peruano Montalbetti, en su nómina). Equivocado o, tal vez, la invitación, asistí presuroso, aventurándome al desconsolador trayecto de la autopista Norte, desde los alrededores de esta ciudad sin remedio.
Lo que se anunció como gran premio nacional era para otros poetas, ellos sí a todas luces inéditos. Ya me extrañaba que se considerara inédito a De Roux, pues yo tengo sus libros, el primero de los cuales, memorizado, data de 1955. El gran poeta solamente presidía; se le hizo una corta mención y se le permitió leer dos cortas producciones, pero el acto se focalizó en los otros personajes, no dudo que meritorios.
Se produjeron aplausos, uno de los nuevos vates resultó muy chistoso, pero al gran viejo de mis versos, que son universales o debieran serlo, se le ignoró, en un descomedido escenario, donde también se pasó por alto la presencia de un ministro, quien ni siquiera fue mencionado en los saludos, de modo que al final de la tarde no sabía si había estado en la sala equivocada.
El acto me permitió saludar al padre Pachito de Roux , sobrino del poeta, el de la Comisión de la Verdad (la misma que lleva a que uno se pregunte, como el procurador romano, ¿ qué es la verdad?). Porque éramos varios los allí presentes para el homenaje al escriturista y poeta.
Acto desacompasado, inelegante y desatento con quien merece un lugar entre los grandes de la poesía colombiana, así su personal discreción lleve al desacato. Su veteranía, el gran amor que muchos tenemos por su inspiración, no daba para confundirlo entre novatos del verso.
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El jueves siguiente me enfrenté al debate presidencial de RCN. Tampoco les salió bien. ¿Por qué someter a unos candidatos, hombres y mujeres libres, a unos esquemas escueleros de preguntas y timbres estrepitosos? Nada alcanzaron a decir; ninguno a lucirse. De la Calle tiene madurez presidencial y hubiera llegado, pero el plebiscito lo dejó maltrecho, aquel octubre, y Gaviria lo remató luego; es un liberal clásico. A Duque se le vio cansado; Fajardo, educativo, no sale de ahí; Petro disimulando viejas empatías con Venezuela; Vargas, de un desparpajo dominante, pero ¿qué dijo? No lo recuerdo. Me dormí y amanecí en viernes.