Qué inmensa responsabilidad les compete a los estadistas, como por ejemplo la de la paz, bien absoluto, obligación constitucional. Me pregunto, desde el andén del ciudadano: ¿ la paz debe conseguirse aun a costa de la dignidad de la República ?
Si se trata de ser humildes, que esto sea un acto personalísimo, propio de los santos ( me refiero a los del santoral eclesiástico ), pero que no se le imponga a los demás. El aguante del mandatario y de sus negociadores de paz es una cosa y muy otra el nivel de ofensa que puede tolerar la Nación.
Tratándose de los países, de su orgullo colectivo, no cabe el más mínimo deshonor; los Estados no ponen la otra mejilla y el trato entre ellos se rige por el merito pares, condición de igualdad que no mira cuál sea la situación de su desarrollo, su potencia militar o su relevancia internacional. Esa paridad simbólica, fundada en el respeto, alimenta todas las ceremonias y salones de la diplomacia.
La ofensa proferida por el canciller de la república venezolana a uno de los presidente recientes de Colombia es bofetón a la dignidad de la Nación. Esto no se subsana con declaraciones de medio tono o con el anuncio de conversaciones privadas. En similares ocasiones se llama a los embajadores y se dejan en entredicho las relaciones entre los Estados.
Pero, en estos días de laxitud, romper con la frenética cúpula de Venezuela o plantarse en frente suyo, equivaldría a dar por terminado el famoso proceso de paz, ligado, a decir del hermano mayor del presidente, a su permanencia en el mando. Vendría entonces Roy Chaderton a la Habana a decirles a los Catatumbos y demás que recojan bártulos y regresen a sus bases, tal vez en la propia Venezuela.
Hay, pues, que agachar la cabeza, la del presidente y la de su obsecuente canciller, ante el exabrupto contra un ex mandatario de Colombia, que, así no nos guste, se ciñó la banda presidencial y hoy por hoy concentra la opinión de medio país. Ni ha sido declarado indigno ni ha fallado juez alguno en su contra. Que Elías Jahua siga con sumisión de subalterno el estilo del comandante muerto y endiosado y el más agreste aún de su sucesor no es como para dejarlo pasar por ya sabido y tolerado.
El país no se convertiría en rehén del proceso de paz fue lo expresado con voz atronadora por el comisionado De la Calle, pero se está comprobando precisamente lo contrario. La paz actúa como un chantaje implícito, como un valor que puede perderse si alzamos el tono de voz frente a uno de los garantes de la misma, echando a pique la tranquilidad soñada, el Nobel de Paz y la reelección inmediata de su promotor. Estamos siendo rehenes de este conversatorio inacabable, a cambio de un sueño de paz, que parece estar al arbitrio de otros, con menoscabo del orgullo nacional.