Ojo con las polarizaciones. Si rechazamos por sentido común y además con Europa y parte del Oriente Medio (impresionante la manifestación de París), si abominamos, digo, de un crimen horrendo, parecería como si aprobáramos el irrespeto a una religión ajena; ahora bien, si ponemos en primer lugar a esa religión o credo, podría pensarse que justificamos la muerte por ajusticiamiento aleve de inermes dibujantes y periodistas.
Como si fuera poco, de nuestros propios colegas.
El papa Francisco, suprema autoridad moral, no sólo por su categoría jerárquica dentro del credo católico, sino por el reconocimiento mundial del que hoy goza, ha dicho que no debe hacerse burla de las creencias ajenas, en clara alusión al semanario de los dibujos, que fue asaltado en venganza ejercida por la que llamaría Quevedo “la sangrienta luna”.
El crimen es el crimen. Por supuesto que no es que el papa esté haciendo explicable su ocurrencia. También ha sido explícito en condenarlo y que se apele a la violencia con el pretexto religioso (“es aberrante asesinar en nombre de Dios”). Aquí cabe distinguir entre una cosa y otra cosa. Hay que partir la mente en dos y reflexionar por aparte. Pienso que siendo lo principal la vida, suprimirla convoca como ninguna otra cosa la indignación pública y así mismo es repudiable violentar el derecho a la libre expresión; más grave aún si esto ocurre en el propio país donde nacieron los derechos y las libertades civiles. Se está diciendo en Francia lo que a Francia le viene en gana decir (y el país todo, ya se ve, asume lo expresado como suyo, por defender el principio sagrado de la libertad).
Así mismo estoy seguro de que entre los manifestantes de París, los hay que no comulgan con el estilo de humor que satiriza las creencias musulmanas, pero todos se unen en protesta contra la modalidad criminal de castigar con la muerte a publicistas libres, autores de las sátiras. Esa daga medieval no va con la Revolución francesa ni con la deliberante Enciclopedia.
Una cosa es, pues, la atrocidad y el crimen, repudiables por donde se los mire, y otra el respeto que debe tenerse por la creencia ajena, norma fundamental de convivencia, pero no hay que esperarlo de dibujantes osados que pergeñan y publican sus trabajos en un país, su país, donde la libertad es dueña y señora y no tiene atajos.
Tal temor se tiene en sectores oficiales de referirse por el nombre de su oficio a los caricaturistas de París, que el presidente Santos, en su alocución de año nuevo, lamentó el ataque a quienes prefirió llamar “periodistas valientes”. De caricaturistas ni hablar. Cunde el temor de provocar, con la sola referencia a ese oficio, libre como pocos, el fanatismo religioso.