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Únicos demócratas

25 de mayo de 2014 - 10:00 p. m.

Ahora parece que podríamos ser llamados la oveja negra por ser los únicos demócratas entre un grupo de vecinos.

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Que porque tenemos repartido en tres el poder público. Que porque nuestros jueces son independientes del poder central o porque la Fiscalía y demás órganos de control se atreven a discrepar del Ejecutivo.

Imposible. En este país excepcional hay prensa libre. Aunque los poderes económicos la sustentan, permanecen en su dirección adalides de la libertad de expresión, que la han heredado de sangre. Para colmo, nos sobra papel periódico, que les enviamos a los vecinos, necesitados de opinar libremente.

Qué susto. Nos llamarían la oveja negra del subcontinente porque no llevamos a los políticos de oposición o se entregan ellos mismos a las mazmorras del régimen. Porque no existe propiamente un régimen, desde que murió por denunciarlo un dirigente opositor.

Horrible. De pronto nos apelan oveja negra porque aquí se da la libertad religiosa, se respeta a obispos y pastores, y no se molesta a las iglesias, salvo en minucias como si un templo se ha debido pintar de un color y no de otro (vaya, me refiero a la refacción del templo de Lourdes, en Bogotá, cuya obra exterior está parada).

Cómo así que en la escuela pública de este país, de libertades “anacrónicas”, no se obliga a venerar al jefe de Estado, no se modifica el himno nacional en su honor ni la banda presidencial se altera para que caiga desde el hombro izquierdo del déspota de turno hacia el lado derecho, en infantil simbolismo.

Es desafiante para otros países de esta América que el período de los presidentes sea de sólo cuatro años y que su reelección sea cuestionada por la opinión pública y ponga en apuros a los ambiciosos del poder absoluto.

Por tantas cosas nos podrían llamar la oveja negra de Latinoamérica, pero lo más impresionante es que, a la hora de la verdad, nadie nos lo había dicho en la cara. No. Se lo escuchamos al propio presidente de la Nación, cuando, en pasado debate, dijo que una de sus obras de su gobierno había sido asimilarnos a los demás países (se entiende a los de Unasur, a los del Alba) de modo que no pasáramos por la vergüenza de ser la oveja negra, en medio de otras ovejitas —de albura inmaculada— enmarcadas en el socialismo del siglo XXI.

Pese a vivir extramuros pude visitar la exposición de herramientas, adquiridas una a una en antiguos campos de labor de Francia y convertidas en piezas graciosamente oxidadas y compuestas creativamente. Son los “Equilibrios” de Mauricio Gómez, donde un arado o un rastrillo adquiere formas conceptuales o concretas,  que son bastante más de lo que su autor llama, con excesiva sencillez, “tomaduras de pelo”. A mí me gustó.

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