Una caricatura ingenua y limpia de mi colega Consuelo Lago, la autora feliz de Nieves, me llegó hondo por su simplicidad elocuente como las verdades que acostumbra decir.
Dice Nieves, sentadita de medio lado, como si cabalgara: “Si el no, no es no, sentémonos a esperar la democracia”. El dibujo es reciente y muestra cómo en la mente de la dibujante, muy querida mía, permanece la huella del olímpico desconocimiento que hizo el Gobierno de los resultados electorales del 2 de octubre del año pasado.
Del desconcierto inicial que produjo el resultado de las urnas en las distintas esferas públicas y privadas, en los noticieros, en el ámbito oficial, en la guerrilla pendiente del recuento de votos, sentada en cómodos sofás en La Habana, y pese al jolgorio de los sectores partidarios del No, se pasó, en decisión desesperada, a la negación de sus efectos por parte del presidente, de sus ministros y de todos sus asesores, por un instante de caras largas.
El último y más perfeccionado acuerdo de La Habana no podía quedar, como quedaba, sin piso jurídico. El recurso oficial fue el de llamar a los más aguerridos partidarios del No en el plebiscito para conversar y reformar con ellos la propuesta negada y pasarla por encima de la voluntad comicial.
Porque un plebiscito, refrendación pública por excelencia, y más uno como este, propuesto y respaldado por el presidente de la República, no tiene dueños políticos a quienes citar para modificar propuestas que se ofrecieron a la aprobación general.
Fue abusivo de parte del poder presumir que conversaba con quienes habían negado lo que se sometió a un juicio público no sectorial y fue equivocado de parte de estos que asumieran una representación que nadie les había otorgado y concurrieran a un diálogo, que por cierto ni concluyó ni se respetó.
El no fue no, como lo afirma Nieves, expresándolo en forma tan certera y diáfana como su silueta sensual, dibujada con maestría. Un no irrefutable, comprensivo de todo cuanto fue la propuesta y así quedó la negativa para los anales de la historia republicana. La autodenominada Comisión Histórica, que ahora mismo se está inventando un relato como a sus integrantes les parece y conviene, debería reconocer esta verdad tozuda: el acuerdo de paz de Santos fue democráticamente rechazado por el voto popular el día electoral 2 de octubre de 2016. Es, por lo tanto, ilegítimo.
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Yo admiro a mis colegas dibujantes, no a todos con el mismo entusiasmo, porque hay que darles tregua a los más jóvenes, ya que no se tomó Zamora en una hora. Cuenta “Semana” con un excelente dibujante de impresionante realismo, tal que al candidato don Germán Vargas le regaló los dedos que le voló la guerrilla. El dibujo debería ilustrar la memoria histórica de la posverdad.