Si usted cree que estos 100 primeros días de gobierno del Presidente Trump fueron demasiado intensos, permítame respetuosamente recordarle que faltan 1,361 para que termine su primer periodo en la Casa Blanca.
A pesar de las críticas, el mandatario asegura que su administración ha sido excelente. En entrevista a la cadena de noticias Fox, dijo que aunque no comparte la idea de que los primeros cien días en el poder son un buen indicador de lo que será toda una administración, afirmó que han sido fabulosos y llenos de logros.
Sin embargo, la opinión pública no lo siente así. Su índice de popularidad, hoy por debajo del 43%, es el peor en la historia de un mandatario en este período de tiempo. Nunca antes un Presidente de EE.UU. tuvo tan mala calificación en tan poco tiempo en la Oficina Oval. Por lo general los Presidentes gozan de una luna de miel que les permite acumular capital político para momentos de realizar reformas antipáticas o enfrentar crisis. Trump no tuvo ese lujo y no tiene reserva en el tanque del colchón político.
Su rechazo se debe principalmente a su discurso. Sus mensajes duros, contundentes y retadores son muy buenos para hacer titulares y revolver los sentimientos pero muy malos para materializarse. Generan un pecado sin producir género. Es el caso, por ejemplo, de su discurso en contra de la reforma de salud. El mandatario basó parte de su campana criticando severamente el programa de salud de Barack Obama prometiendo su caída y reemplazo, algo que no pudo pasar por el Congreso tras no confirmar los votos que necesitaba para hacerlo. Lo mismo le ocurrió con su acción ejecutiva de inmigración. Trump ordenó vetar la llegada a EE.UU. de personas de siete naciones musulmanas y la suspension temporal del otorgamiento de asilo, pero rápidamente las Cortes negaron su pedido.
Así las cosas, el Presidente ha aprendido en estos 100 días que es mucho más facil hacer campaña que dirigir la nación más poderosa del mundo. Una cosa es prometer, realizar discursos incendiarios y retar, y otra muy diferente es gobernar, para lo cual se necesita negociar, buscar concensos y entender que el Ejecutivo es solo una rama del poder.
Escribo esta columna desde el patio de la Casa Blanca en Washington desde donde por estos días estoy en una asignación especial. Y ante la majestuosidad, el poder y la historia que esta construcción representa tengo que aceptar que parece mentira que la exestrella de un reality show, sea el Presidente de esta nación y entiendo cuando dice que extraña su vida anterior. El cargo de Jefe de Estado es más grande que cualquier ego, algo que en Colombia no parecen entender y donde abundan los aspirantes a caudillos.