En esta era de redes sociales y conexión permanente todos tenemos un arma en las manos que puede destruir la reputación de inocentes, mover equivocadamente la opinión pública y hasta hacer elegir presidente por medio de mentiras: el teléfono móvil.
Hoy por hoy el mundo de las percepciones, que afecta tan seriamente la realidad, se mueve mucho más fácil e irresponsablemente ya que empujar un postulado falso, una idea sin contexto, un artículo de prensa con agenda, una injuria o una calumnia es tan fácil como hacerle RT a un mensaje en Twittter. El problema es que sus efectos son devastadores y poco se puede hacer para revertirlos.
Un estudio publicado el 9 de marzo de este año por MIT, basado en análisis matemáticos realizados por ingenieros, establece que las mentiras en redes sociales se esparcen más rápido que la propia verdad. Asegura que este fenómeno es tan poderoso que puede influenciar la política, la economía y hasta el bienestar social de las personas. El trabajo científico evaluó rumores en Twitter entre 2006 y 2017 y encontró que mientras el 1 % de las noticias falsas fue repetido entre 1.000 y 100.000 personas, la verdad solo se difundió entre máximo 1.000 usuarios. El documento establece que la novedad y las reacciones emocionales de los receptores podría ser el responsable de lo observado.
El estudio además dice que “contrario a la creencia popular, los robots aceleran la dispersión de las noticias falsas, ya que las noticias verdaderas solo encuentran ampliación por medio de los humanos”. Como quien dice, mientras las noticias falsas y los rumores muchas veces son diseñadas para hacer daño y cuentan con el respaldo de robots y cuentas falsas para amplificar el destructor mensaje, el afectado solo se puede valer de su cuenta en redes para enfrentar el ataque. Algo totalmente desproporcionado.
Es por eso que resultan tan irrisorias las actuales rectificaciones. Casi nunca una retractación tiene la misma amplificación que la mentira o el ataque sin fundamento. Cuando alguien quiere difamar en redes, sabe perfectamente que el daño ya está hecho y que difícilmente habrá cómo repararlo. Tal vez la ley debería ceñirse únicamente a la cuantificación económica de los perjuicios ocasionados por las injurias o calumnias y empezar a desestimar las retractaciones públicas que poco o nada restituyen al afectado.
Pero hay más, el documento publicado por Science hace una revelación aún más preocupante: las noticias falsas tienen 70 % más de posibilidades de ser compartidas que las noticias verdaderas. Cómo dice Sinan Aral, un Profesor de MIT entrevistado por Mashable sobre el tema, “debe haber consecuencias negativas si las decisiones de las personas son tomadas basadas en informaciones falsas”.
Ante este escenario no nos queda más que hacer un llamado de abstenerse a hacer RT o “Copy-Paste (copiar y pegar)” de artículos o declaraciones falsas o sin fundamento. Hoy por hoy todo ciudadano con teléfono en mano se enfrenta a la misma responsabilidad que tiene el editor de una publicación o del director de un medio de comunicación al determinar qué se debe o no publicar. No se trata de algo menor: al amplificar rumores, falsedades o malas leches afectamos la vida real de alguien o incluso el destino de las naciones. Bajemos el arma, no desenfundemos el teléfono con odio. Todos tenemos una responsabilidad, no solo los periodistas, también los ciudadanos.
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