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Barack Obama: ¿Es hora de comerse sus palabras?

08 de septiembre de 2013 - 05:00 p. m.

Barack Obama se hizo elegir presidente basado en premisas que no podía cumplir. El entonces candidato demócrata aseguró que sacaría a Estados Unidos de las guerras en Oriente Medio apelando a un discurso populista, lejano de la realidad.

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La razón, la unión americana juega un inevitable e intenso ajedrez en esa región, que tiene como objetivos evitar el fortalecimiento de movimientos antinorteamericanos que terminen en ataques terroristas y la explotación petrolera para saciar su adicción al petróleo. Negar la existencia de esos dos problemas es simplemente dejar a EE.UU. vulnerable a otro 9-11 y a otra crisis económica provocada por un salto de los precios del crudo.

Ahora, ya como jefe de gobierno, el mandatario estadounidense se encuentra en una situación que hasta ahora ha tratado de evitar: iniciar una guerra. Barack Obama se ha demorado más de dos años y medio para actuar en Siria, una nación en la que se lleva a cabo una sangrienta guerra civil que ya deja mas de 100.000 muertos. Pero para su mala fortuna la situación en el lugar se ha hecho insostenible. La aparición de varios videos que demostrarían que el presidente sirio Bashar al Asad ordenó una serie de ataques químicos contra los rebeldes de la Hermandad Musulmana que intentan derrocarlo, puso una gran presión contra Obama. Desde entonces no ha parado de crecer la indignación nacional e internacional, y los llamados para que la mano dura de Estados Unidos se haga sentir frente a lo que muchos consideran un acto abominable de Al Asad.

Obama ha usado todas las herramientas posibles para no quedar solo frente a esta decisión que no sólo provocará más muertes, sino que también lo hará comerse sus propias palabras de campaña electoral. Ante la gravedad de lo sucedido, el presidente buscó apoyo internacional en la ONU, pero gran parte de la comunidad internacional no respaldó una acción militar frente al gobierno sirio. Luego viajó a la cumbre del G-20, donde hubo silencio frente a su argumento de la necesidad de actuar militarmente en contra de Al Asad y, finalmente, pidió respaldo en su propio Congreso, aunque constitucionalmente no lo necesite.

EE.UU. debe tomar muy en serio su próximo paso en Siria. Sobre todo si se tiene en cuenta que aparte de verse obligado a detener los abusos de Al Asad, también debe cumplir su palabra. El presidente Obama, en otro acto ausente de compromiso, dijo que sólo atacaría a Al Asad si éste usara armas de destrucción masiva contra los rebeldes, algo que evidentemente ya pasó. No hacerlo sería incumplir otra promesa y enviar una señal de debilidad internacional.

La salida evidentemente no es fácil. Bashar al Asad está repitiendo la historia de su padre. Considera que la única manera de mantener su país fuerte y unido es eliminando a los miembros de la Hermandad Musulmana, una organización religiosa radical que intentó matar a su padre en 1980, cuando Bashar tenía 14 años. Entonces, miembros de esa organización atacaron con granadas y ráfagas de metralleta a su padre Hazef en un intento de asesinato. Hazef respondió de manera brutal y arrasó con buldózers enclaves musulmanes cercanos a Damasco y metió mangueras debajo de las puertas de las casas donde presuntamente vivían los rebeldes para ahogarlos con un gas venenoso. Ahora la historia la repite su hijo. Al Asad asegura que si no lo hace su nación quedará en las manos de los rebeldes que no sólo representan a la Hermandad Musulmana, sino que también tienen estrechos vínculos con Al Qaeda.

Así las cosas, el presidente Obama se prepara para comerse sus palabras. Porque no hay nada más sencillo que ser técnico de fútbol el lunes por la mañana, cuando el partido se jugó el domingo. Además pasó de ser crítico los lunes a manejar el juego los domingos y ahora se está dando cuenta de que no es tan fácil como les hizo creer a los estadounidenses y a la comunidad internacional.

 

* Luis Carlos Vélez

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