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CEO en jefe

29 de enero de 2017 - 09:00 p. m.

En su primera semana de gobierno, Donald Trump cumplió varias de sus promesas de campaña y dejó claro que el estilo de su administración será el de Wall Street y no el de Naciones Unidas, algo que desespera a muchos, pero que evidentemente los mercados celebran.

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Escribo esta columna en medio del frío de Washington, en donde sienten que esta primera semana de Trump ha sido demasiada larga y llena de acontecimientos. El nuevo presidente firmó siete acciones ejecutivas, hizo casi dos presentaciones públicas diarias y concedió múltiples entrevistas de televisión, mucho para esta ciudad a la que le gusta ir a un ritmo más lento y conversado. Pero tal vez lo más doloroso para los muy elegantes y perfilados washingtonianos es que están alejados de la atención y el poder, porque el nuevo anfitrión de la Casa Blanca oye a muy pocos y trabaja más por impulsos que por consensos o grupos de interés.

Trump está implementando en esta ciudad un estilo y un proceso más similar al de un comisionista de bolsa sin estómago y con gran agresividad a la hora de negociar que uno de alianzas y esquemas para gobernar.

Pero los que conocen a Trump están lejos de estar sorprendidos por sus actos y sostienen que el gobernante ha sido consecuente con su manera de hacer negocios. En su libro El arte del negocio, publicado en los ochenta, Trump describe su estrategia como el resultado de apuntar a resultados desproporcionadamente positivos al inicio, seguido de esfuerzos y esfuerzos, para luego, en caso de ser necesario, ceder un poco para de igual manera terminar con logros por encima del promedio.

Una de las fijaciones de sus primeros días en el poder es México. Esta semana firmó el inicio de la construcción del muro y puso sobre la mesa la posibilidad de establecer un impuesto sobre las importaciones mexicanas. Lo primero es indefendible, pero lo segundo no es tan descabellado si se reconoce que Estados Unidos es el único país de la OMS que no cobra un impuesto al valor agregado conocido como IVA, o VAT por sus siglas en inglés.

Trump habla muy duro y se sale de todo protocolo. Bajo ningún parámetro se puede comulgar con sus ofensas a los hispanos, mexicanos, minorías y mujeres durante la campaña, pero como presidente existe la posibilidad de que su estrategia de negociación le resulte. Finalmente, él puede apuntar tan alto como quiera, pero el Congreso y el sistema de pesos y contrapesos pueden matizar sus agresivas iniciativas, dejando, después de la peluqueada de turno, un resultado positivo.

Los que conocen a Trump dicen que se enoja tan rápido como se calma y que luego de gritar a los cuatro vientos resuelve temas complejos con tanta facilidad como con una palmada en la espalda. Ese es muchas veces el lenguaje de Wall Street y por eso la bolsa celebra por estos días. Por el bien de Estados Unidos y el mundo, ojalá sea así. De lo contrario, estamos todos fritos.

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