Escribir sobre Gabriel García Márquez siempre es un riesgo, sobre todo si se tienen en cuenta biografías “toleradas” por el nobel, como la magnifica Una vida, de Gerald Martin, un texto extenso, detallado y rico sobre la vida del colombiano más grande de todos los tiempos.
Estoy sentado frente a su casa en Ciudad de México. Fuego 144 dice esa puerta que lleva días siendo el centro de los lentes de televisión de las cadenas que, como la nuestra, hacen guardia en su andén para conocer detalles de su despedida. Pero acá no hay noticia. O mejor, la noticia es que no hay noticia, porque esta es una muerte sin velorio.
Es increíble, pero al mismo tiempo entendible. Aquí no hay ceremonia fastuosa, ni velorio de filas interminables, ni personalidades con gafas oscuras de sollozos hipócritas. Y eso que estamos hablando del escritor en español más grande después de Miguel de Cervantes, el hombre que vio cómo su obra vendió mas de 40 millones de copias y fue traducida a mas de 36 idiomas , y que además venderá mucho más ahora que de cuerpo ya no está. No, acá no hay nada, sólo periodistas, como él mismo lo fue algún día, a la espera de una noticia que, como muchas veces, no aparecerá.
Llevamos dos días recorriendo esta inmensa ciudad buscando rastros de Gabo y detalles de su despedida. Pero nada. Fuimos a la funeraria donde fue cremado su cuerpo y nos confirmaron que su familia quería algo sencillo, sin pretensiones, casi invisible. De hecho, su nombre, el de Gabo, nunca estuvo en las pantallas o letreros de este centro fúnebre, que como en los plasmas de los aeropuertos muestran los vuelos que salen o llegan. El de la despedida de Gabo se fue sin registro por deseo de los suyos, que ahora guardan su recuerdo como el más preciado de los tesoros.
Pasan las horas, llueve, hace sol y la tierra se mueve. El sábado por la mañana hubo un sismo de 7,5 grados que nos sacó asustados, corriendo, del hotel. Pero de Gabo, nada. Tampoco sabemos qué pasará con sus cenizas. Al cierre de esta columna sólo hay versiones sobre lo que podría pasar con sus restos. Algunos dicen que se quedarán en México; otros, que serán divididos entre esta tierra y la nuestra en Colombia.
No soy gabólogo, no lo conocí en persona, ni tengo anécdotas con él. Aprendí a admirarlo a la distancia, desde los textos que se empiezan a leer obligados en las clases de español del colegio, pero que se devoran con gusto en la libertad de la universidad. Es un honor y un privilegio estar frente a la puerta de Gabo redactando esta columna y haciendo este trabajo, eso sí, con la certeza de que esta transmisión nunca podrá estar al nivel del más grande de todos nosotros. Afortunadamente la noticia y el recuerdo no están acá, están en la infinita riqueza que deja su obra y en lo mucho que nos dejó para aprender.
Luis Carlos Vélez *