La construcción del muro entre México y EE. UU. es el tema más controversial de la administración de Donald Trump. Según el último sondeo del Centro de Investigaciones Pew, 62 % de los estadounidenses se oponen al proyecto, mientras que prácticamente ocho de cada diez hispanos lo rechazan. Sin embargo, el presidente está empeñado en sacarlo adelante; finalmente, su campaña en contra de la inmigración ilegal, el llamado para que las autoridades implementen severamente la ley y la promoción de un nuevo nacionalismo estadounidense, lo llevó a la Casa Blanca.
A pesar de ser una iniciativa cuestionable, antipática y rechazada por la mayoría, el botín que representa es demasiado grande como para que las grandes empresas lo quieran dejar pasar. Incluso para las compañías hispanas que, se supone, deberían ser más condescendientes con su comunidad. Según un conteo realizado por el diario británico The Guardian, una de cada diez firmas que han mostrado interés en hacer parte de la construcción son latinas. De acuerdo con el Departamento de Seguridad Nacional, más de 600 empresas han registrado su interés en hacer parte del proceso, y de ellas 62 son hispanas. Decepcionante.
El megaproyecto hace salivar a miles de empresarios en todo el mundo. Seguro que si Odebrecht no estuviera metida en el rollo en el que anda por estos días, estaría sobornando a quien se le atravesara para quedarse con la obra de más de 1.900 millas de longitud y con un costo aproximado de US$21.000 millones. Una cantidad de dinero suficiente para comprarle la conciencia a cualquiera, suponiendo que Odebrecht la tuviera.
Pero para las empresas hispanas que apuestan al negocio no hay conflicto de interés. Los licitantes aseguran que trabajo es trabajo y que si hay una oportunidad de mercado que genere demanda, entonces debe ganar aquel que haga la mejor oferta.
El tema es de alcance internacional. En Francia hay un creciente movimiento político que le pide a la gigante Lafarge Holcim no entrar en la puja para proveer cemento en la construcción. Asegura que existe un impedimento ético en hacer parte de una iniciativa inhumana. Pero para la empresa eso no es argumento suficiente y ya dejó claro que “es su responsabilidad ayudar a EE. UU. a construir y desarrollar su infraestructura”.
En México, la nación más afectada por todo esto, las críticas y llamados también caen sobre la segunda productora de cemento del mundo, la mexicana Cemex SAB. Son miles los que a diario se unen al pedido de que no participe en la construcción del muro, algo que hasta ahora no ha sido descartado públicamente por la empresa.
¿Terminará el odiado muro siendo construido por una empresa hispana? Sería la tapa de la olla. Aunque, a decir verdad, no queda duda que quienes finalmente terminen levantando la pared sean manos latinas, porque en la unión americana no hay obreros que no sean hispanos que se le midan a semejante construcción bajo las duras condiciones que la frontera ofrece.
Es por eso que las personas que viven del comercio en la frontera, las familias que viven separadas por los límites geográficos de las dos naciones, aquellos que huyen de la violencia en Centroamérica y, la verdad sea dicha, los trabajadores que migran año tras año para cultivar en los campos de EE. UU. la comida de todo el país, le piden a Dios que la concesión se la ganen los hermanos Nule, corruptos constructores colombianos en la cárcel, que, aunque se roban la plata, nunca terminan las obras en las que se comprometen.