Los tiempos del terrorismo mundial han regresado, aunque la verdad sea dicha, tal vez nunca se fueron. Ese respiro de tranquilidad de los últimos años fue simplemente una transformación.
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 los ojos del mundo se voltearon sobre Al Qaeda, y desde ese momento EE.UU. y sus aliados iniciaron una ofensiva que duraría años y desembocaría en dos guerras con miles de muertos. La percepción sobre la intensidad de los encuentros armados fue bajando tras la captura de Sadam Hussein y la muerte de Osama Bin Laden. Desde entonces hubo un respiro en Occidente, pero el caldo de cultivo de odio que ofrece el extremismo islámico creó una fuerza que reemplazó a Al Qaeda por algo más severo e irracional: Isis.
El autodenominado Ejercito del Estado Islámico es la organización terrorista más sangrienta de la actualidad. Sus secuestros masivos, ejecuciones en video y ataques a poblaciones vulnerables la han convertido en el nuevo objetivo militar principal de Washington. Sus primeras acciones e intensa campaña mediática hacen pensar a muchos que incluso puede ser más radical que Al Qaeda y capaz de realizar un atentado más severo que el propio 9-11.
Sin embargo, Isis es una evolución de Al Qaeda. Una facción de la antigua organización de Osama Bin Laden con el objetivo de establecer un califato global cimentado en el odio hacia Estados Unidos, una nación que centró su búsqueda de cambio en Oriente Medio subrayando la fuerza, sin construir puentes de reconciliación con sus enemigos.
Entonces, una de las lecciones que nos debe dejar esta coyuntura global en Colombia es que, no importa la fuerza que les apliques a tus enemigos, la realidad es que nunca se les podrá eliminar totalmente y quedarán algunos que con el tiempo se pueden volver incluso más resilientes que sus predecesores. Así las cosas, es inevitable que, para lograr una solución real, llegue el momento de sentarse a la mesa y definir un camino de reconciliación.
Por eso es importante arreglar los problemas de fondo bajo el diálogo, porque los odios no se pueden borrar con balas. Los tiros lo único que hacen es multiplicarlos.
Si no se acompaña el proceso de paz con las Farc con verdaderas iniciativas para hacer un país más justo y de oportunidades para todos, únicamente estaremos construyendo el camino para una evolución aún más mafiosa que las Farc y que, no tendría de nada de raro, dada la actual y creciente presencia de sus primas, las llamadas bandas criminales, evolucione hacia algo más perverso que se llame farcrim.