Hay dos categorías clásicas de gerente: uno, el que llega con su nueva cuadrilla y destruye sin mayor observación o detenimiento lo que había, y otro, el que se da un tiempo para aprender de lo actual y refrendar o modificar sus preconcepciones y plan de trabajo.
Para el gerente que entra en la segunda categoría existe un gran riesgo y este es el tiempo. Cada día que pasa representa presión adicional para marcar el rumbo. Esto no solamente producto de las situaciones apremiantes, sino también por las posturas de sus contradictores. Y para el manejo del tiempo es necesaria la serenidad.
El presidente Duque ha dado señales de que pertenece al segundo grupo. Con tranquilidad, rodeado de su círculo cercano, ha mostrado que es capaz de enfrentar la presión, incluso de su propio partido.
La primera pelea que dio en estos primeros 100 días de gobierno fue la elección del contralor. Aunque la base de su conglomerado político le exigía un nombre, se mantuvo firme en su creencia de que el escogido debería ser alguien idóneo y no un nombramiento político. Desde entonces, no han sido pocas las diferencias marcadas con el Centro Democrático, que en estos últimos días lo abandonó en la defensa de su criticada ley de financiamiento.
A Duque se le ve tranquilo y cómodo en sus presentaciones públicas. Unos diríamos demasiado cómodo en momentos en que todo se ve convulsionado y ávido de que tire línea. Un ejemplo fueron las manifestaciones estudiantiles de la semana pasada, en las que mientras la capital sufría uno de los peores desmanes en décadas, no había mucha más referencia del Ejecutivo que sus reuniones con músicos populares. Pero eso también puede ser señal de temple y de no dejarse arrinconar por los intereses ni las situaciones.
Esta semana, el presidente Duque cumple sus primeros 100 días de gobierno y lo que se viene no tendrá más el beneficio del tiempo para el análisis inicial. Pronto se acabará la disculpa de que lo que se encontró fue tan malo que se necesita un plazo para ponerlo en orden. Las exigencias de gobernabilidad empezarán a apremiar.
Las manifestaciones de la semana pasada son la muestra de uno de los mayores retos que enfrentará esta administración. A los estudiantes se unirán sindicatos y a ellos campesinos, camioneros e indígenas. Se avecinan jornadas de parálisis y tensión en las que será necesaria capacidad de reacción, conciliación y ejecución. Ya no habrá proceso de paz para desahogar la coyuntura, ni guerrilla para señalar. Su oposición, señor presidente, estará en las calles y eso se lo manifestó, desde el vamos, su rival de segunda vuelta. Las movilizaciones serán su ineludible y verdadero reto presidencial y para ellas, sus orígenes, razones e incluso infiltrados, se necesitará algo más que serenidad.