La respuesta inicial está en la diferenciación que hace cerca de un año hizo el presidente Juan Manuel Santos. En una comparecencia a empresarios en marzo del año pasado, el mandatario dijo que las Farc estaban conformadas por unos 17 mil guerrilleros, de los cuales, 10 mil eran milicianos.
Las cifras de las Farc son diferentes. El alto mando del grupo considera que cuenta con unos 12.500 guerrilleros de los que 6.500 llegarán hasta las zonas de concentración. Es decir, quedarán por fuera de esta parte inicial del proceso aproximadamente unos 6.000 efectivos, en su mayoría milicianos.
Pero, ¿por qué estos hombres, casi la mitad de las Farc, nunca harán parte de la tan importante concentración? La respuesta dentro de la organización subversiva es que no se quiere complicar la situación logística, que evidentemente es un caos. Pero la realidad es que la mayoría de estos hombres no tienen intención alguna de hacerlo y, por ahora, el Gobierno tampoco ha dado luces de que le interese que lo hagan. Preocupante.
Los milicianos no son todos iguales. Los altos mandos de las Farc los diferencian entre los operativos, las redes de apoyo y los enlaces. También están las milicias populares, las bolivarianas y algunos miembros del Partido Comunista Clandestino. Varios de ellos simplemente fueron mensajeros y proveedores logísticos, pero otros inevitablemente tienen las manos untadas de sangre por haber ejecutado atentados y bombazos como el del Club El Nogal de Bogotá.
Por ahora, lo que se ha acordado entre las partes es que las Farc entregarán un listado de las personas que hacen parte de sus milicias, pero que quedará en su voluntad individual presentarse a las autoridades o incluso beneficiarse del proceso. Para la guerrilla, aplicar el mismo rasero a todos sería, en muchos casos, sacar a gente que ya tiene un modelo de vida legal paralelo para que vuelva a comenzar de nuevo en la sociedad.
El Gobierno y la sociedad deben presionar para obtener toda la información posible sobre los milicianos. Muchos de ellos también están en la ciudad y han sido los ojos y las manos de las Farc para secuestrar, extorsionar y atentar. No hacerles seguimiento sería firmarles un cheque en blanco para que sigan en la llamada búsqueda del poder bajo otros tipos de lucha, o que ante la falta de oportunidades económicas y educativas, terminen en las temidas bandas criminales que azotan sin piedad al país.
Sin un paso serio, como el que aún hace falta para la entrega de los menores, el proceso no habrá sido efectivo si no se entrega el 50 % de sus miembros, lo que cambiaría el tan afamado y laureado proceso de paz a ser en realidad un procesito maquilladito y altamente sobredimensionado.