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No marcho

18 de noviembre de 2019 - 12:00 a. m.

Permítanme salirme del redil: no marcho este jueves. Simplemente no lo hago por que no tengo claro de qué se trata. Hay tanto interés metido, tanta rabia junta, tanto oportunista y tanta sospecha de mano foránea que realmente hace rato le perdí el norte al asunto. Unos dicen que la marcha es contra la corrupción, otros que por la educación, y otros que es en contra de la reforma laboral, tributaria y contra Uribe. Todo un sancocho del cual, respetuosamente, no quiero hacer parte.

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Entiendo que estas palabras y esta postura no sean las políticamente correctas, pero, la verdad, estoy cansado de que lo políticamente correcto sea, paradójicamente, lo que nos quieren imponer precisamente desde un sector político. En Colombia, no comulgar con la izquierda te convierte inmediatamente en paramilitar, algo tan sectario y estigmatizador como asegurar que el que no comparte con la derecha es un guerrillero. Somos muchos en el país los que pensamos realmente de manera independiente y no tenemos credos dictados por caudillos. Soy de la mayoría colombiana que cree firmemente que nuestra nación es más que dos posturas radicales y polarizadoras que hacen tanta bulla y tienen secuestrado el diálogo nacional.

Antes de que empiecen con los insultos, esto no significa que sea uribista, que no lo soy, o que defiendo al Gobierno, porque tampoco es así. El que siga esta columna es testigo de lo crítico que he sido en unos puntos particulares de esta administración. Que quede claro: no marchar no significa estar del lado del Gobierno. No se puede hacer una deducción tan simplista. No marchar es una posición tan válida como la de marchar. Vivimos en una nación democrática y tenemos el derecho a disentir y salirnos del redil.

Quiero que no exista más corrupción, quiero vivir en paz y pensionarme, deseo una nación de mayor crecimiento, pero también de mayor equidad y movilidad social. Me indignan las muertes de los líderes sociales y los indígenas en el Cauca y me preocupa enormemente el aumento del narcotráfico, pero realmente creo que existen vías democráticas para lograr el cambio que todos queremos sin tener que incendiar el país.

Colombia no es Bolivia, acá no se robaron las elecciones; Colombia no es Ecuador, acá no están tumbando subsidios; Colombia no es Chile, acá se ha ido avanzando progresivamente contra la inequidad. Una demostración de que las cosas en nuestro país se pueden modificar a través de las instituciones es el resultado de los pasados comicios regionales. En ellos salieron victoriosas propuestas alternativas, progresistas, esperanzadoras y prometedoras de cambio. No hubo necesidad de incendiar el establecimiento, ni arriesgar todo lo que hemos construido como sociedad para escoger un cambio. Y por eso celebro.

Escucho a mucha gente en la calle que está de acuerdo con las marchas y lo respeto, pero también reconozco que hay otra tanta que está preocupada por lo que puedan desencadenar las protestas. Gustavo Petro, desde su derrota, anunció que se declaraba en resistencia civil y ha venido apoyando cuanto levantamiento hay en nuestra nación. Me genera mucha desconfianza hasta dónde quiera aprovechar el descontento regional para pescar en río revuelto.

Por último, los que no estamos de acuerdo con estas marchas debemos hacer todo lo posible para respetar a quienes sí lo están. Se encuentran en todo su derecho de manifestarse y levantar su voz por lo que consideran que está mal. Lo que no pueden hacer con su descontento es llevarse por delante lo que no les pertenece. Ni lo privado ni lo público, porque lo público no ha salido de la nada, es producto de nuestros impuestos. Y lo privado, en la mayoría de los casos en este país, es resultado de trabajo honesto. En Colombia somos más los buenos que los malos; suponer lo contrario es un craso error.

Los que no estamos de acuerdo con las marchas somos tan colombianos como los que sí lo están. Protestas sí, violencia no.

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