Finalmente la idea de desescalar el conflicto fracasó y la culpa es de la guerrilla.
Aunque las Farc declararon un cese unilateral del fuego que duró oficialmente hasta el viernes pasado y que marcó 153 días, la verdad es que ya lo habían roto en abril con la masacre de los soldados en el Cauca. Con esa acción obligaron a que el Gobierno reactivara los bombardeos en su contra, lo que resultó en el abatimiento de 23 de sus hombres la semana pasada. Es decir, bajo el efecto de acción-reacción, la guerrilla mató a sus propios hombres. El fin del cese del fuego es un duro golpe para la evolución de estas conversaciones que, aunque lentas, estaban dando señales de avanzar con la generación de un escenario de pocas agresiones. Esto es un regreso de casi medio año en unas negociaciones a las que no se llega a un acuerdo sustancial desde hace ya un año. Al decretar el final del cese del fuego, las Farc están anunciando nuevas ofensivas para demostrar su fuerza. No entienden que están saboteando un proceso de paz que revela su desgaste en las muy bajas cifras de popularidad del presidente Santos.Si los diálogos fracasan será una pérdida para todo el país. No sólo para aquellos que lo defienden, sino también para quienes lo critican. Al final de cuentas todos nos quedaríamos con una nación en la que la solución a los conflictos pasa únicamente a través de las balas y no de las palabras y los compromisos. Una nación en la que la eliminación, la retaliación y el egoísmo son más fuertes que la convivencia, el perdón y la tolerancia. Un país de bárbaros. Habrían sido tres años en los que, aunque todo estaba dado para un acuerdo definitivo, se dilapidó una oportunidad única por la mirada obtusa de los representantes de las Farc en La Habana, los capos del narcotráfico vestidos de guerrilleros y una oposición que apela al miedo para ganar elecciones. Hoy más que nunca debe existir una responsabilidad absoluta de los medios para reportar sobre el proceso de paz. La comprobación y confirmación de los eventos debe ser prioridad número uno. De lo contrario los colombianos sólo conocerán detalles que, según su origen, tendrán la potencialidad de empeorar aún más la situación. En momentos como este cualquier chisme convertido en noticia tiene una capacidad de destrucción infinita, algo que debe evitarse a toda costa. Queda la esperanza de que sirva de algo la llegada de los ministros Luis Carlos Villegas y María Ángela Holguín a la escena de estos diálogos. Ellos representan un aire en las discusiones y también una señal clara de que el Gobierno quiere soluciones y no más muertos. El problema, como siempre, es que la contraparte es la máxima expresión de la irracionalidad y por su actitud perdemos todos. Entretanto: La semana pasada visitó el país el primer ministro de China, Li Keqiang, y nadie le puso cuidado. No hubo pompa ni circunstancia para el representante de mayor rango de la segunda economía más grande del mundo que alguna vez haya pisado Colombia. No puede ser que seamos tan miopes económicamente. En Twitter: @lcvelez