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Plebiscitos irresponsables

09 de octubre de 2016 - 09:00 p. m.

Nadie quiere hacer la tarea. Si usted alguna vez hace una consulta quién considera necesario subir los impuestos, aumentar las responsabilidades corporativas o dar ayuda a los más necesitados, no recibirá una respuesta positiva.

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Es tan simple como si usted se decide, en un jardín infantil, si se debe reducir la ingesta de dulces basado en una encuesta en la cafetería, donde siempre ganará el No. Pero en Colombia se hizo: en nuestro país se le preguntó a la gente si respaldaba un acuerdo de paz imperfecto y lleno de sacrificios y por supuesto la respuesta fue No.

Con el paso de los días es más obvio el resultado del plebiscito colombiano. Lo ocurrido en nuestra nación es una demostración más de que este mecanismo de refrendación es una gran irresponsabilidad. Delegarle la responsabilidad política de las decisiones políticas difíciles y complejas al pueblo es sacarle el quiebre al compromiso que deben tener los mandatarios con el destino, más allá del futuro inmediato electoral.

Los ejemplos internacionales dejan claro que los plebiscitos los ganan quienes apuestan al miedo y que pocas veces los pueblos respaldan lo que beneficia a largo plazo por premiar el corto. El más reciente es el Brexit. Al pueblo del Reino Unido se le preguntó, en un momento en que la coyuntura económica y migratoria europea era débil, si quería seguir haciendo parte de una comunidad que por décadas les representó serios avances y dijo que no, por una campaña de miedo que se basó en que la continuidad en el bloque significaría una avalancha de inmigrantes africanos. En Hungría se consultó al pueblo si quería apoyar la tesis del Gobierno de impedir la entrada de refugiados ante el pedido de la Unión Europea y dijo que no. En Tailandia, la Junta Militar preguntó a los votantes si querían modificar la Constitución para darles más poder y dijeron que sí.

La política estadounidense es otro ejemplo del mismo raciocinio. De otra manera no se explicaría cómo Donald Trump avanza en las encuestas a pesar de insultar a mujeres, afroamericanos e hispanos. Su campaña se basa en las premisas de mano dura contra los inmigrantes, los terroristas y los países vecinos.

La lección de este episodio es que la responsabilidad de las grandes determinaciones es la mayoría de veces algo que no se puede ni debe compartir. Las decisiones difíciles son siempre antipopulares y por lo tanto deben ser tomadas sin tener en cuenta los cálculos políticos. Tampoco puede ser promesa de campaña que las resoluciones que definirán el futuro de una nación serán consultadas paso a paso con la mayoría, ya que los jefes de Estado deben ser capitanes de navío y no tramitadores de encuestas o sentimientos nacionales.

Y es precisamente en este argumento que se puede abrir una ventana para salir del embrollo político y jurídico en el que nos encontramos. Si el resultado del plebiscito es vinculante sólo para el mandatario, como algunos sostienen, entonces eso significa que los legisladores podrían avanzar en sacar adelante lo acordado a través del Congreso. El problema es que los padres de la patria por lo general están más pendientes de la pequeña política y sus intereses personales, igual que los precandidatos presidenciales, quienes deberían enfocarse en construir nación.

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