Si todo transcurre normalmente, el lunes despertaremos con la noticia de que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) será el nuevo presidente de México. Es la elección de un nuevo caudillo que promete cambios cimentado en la división de la sociedad, el odio de clases, el mesianismo, el populismo y, sobre todo, una lista interminable de promesas inconclusas de un establecimiento sumido en la corrupción. Terrible.
Como un lobo al acecho, incansable y determinado, AMLO ha trabajado cada voto para llegar hasta acá. Luego de haber sido rechazado por el pueblo dos veces, en 2016 y 2012, estructuró una campaña en la que se puso el traje de la indignación. Se presentó como el salvador de una nación victimizada y corrupta que necesita un reformador que, incluso por encima de las instituciones, saque del pozo al país. Un Chávez mexicano.
Pero a AMLO le dieron papaya. México, al igual que Colombia, es una nación que, a pesar de su inmenso potencial económico, registra crecimientos mediocres y donde se evidencia una pobre distribución del ingreso. Además, vive de una dependencia poco estratégica de EE.UU. en la que prácticamente el 90 % de su actividad económica se explica de lo que sucede al norte de su frontera. En México también reina la corrupción. Son conocidos los casos en los que está envuelto el presidente Enrique Peña Nieto y su esposa, que, entre otras cosas, tienen una casa privada de la que se dice fue adquirida con la ayuda de coimas y entramados financieros que favorecen a conglomerados de la construcción. Mal.
En términos de seguridad, México también está secuestrada por el narcotráfico, gran responsable de que por lo menos 85 personas sean asesinadas a diario en ese país.
AMLO cae en este panorama como anillo al dedo. Los mexicanos están cansados de promesas tecnócratas que, con fórmulas racionales y llamados a la tranquilidad, han defraudado sometiéndose a los dineros fáciles. La gente quiere por lo menos una voluntad de cambio que, así no sea realizable, represente una nueva repartición de cartas en la sociedad. El problema es que esa búsqueda en el mundo ha dejado en el poder caudillos que resultaron ser medicinas peores que la propia enfermedad.
Colombia debe estar atenta a estos experimentos. Como sociedad debe tener claro que las elecciones pasadas fueron un campanazo de alerta. La gente quiere un cambio y no le importa si este viene representado en propuestas populistas, divisorias y reminiscentes a Hugo Chávez. No solamente es labor del presidente electo retomar el rumbo, sacarle el cuerpo a la corrupción, zanjar las profundas divisiones sociales, cumplirles a los campesinos las promesas del pasado y marcar un relevo generacional, sino también de los partidos políticos y la rama judicial. De lo contrario no tendremos otra oportunidad en décadas y recibiremos de vuelta una Colombia anémica, destruida, anacrónica, más corrupta y más traqueta.
Los Chávez y los AMLO no son generaciones espontáneas; los creamos en la sociedad que vivimos con nuestra tolerancia a la corrupción, los abusos y las roscas. Una cosa trae la otra. Por esto, cada movimiento de esta nueva administración, como de cualquier otra, deberá ser revisada hasta el detalle, porque su fracaso podría ser la estocada final.