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Sí hay país

12 de octubre de 2014 - 10:41 p. m.

Todas las semanas, frente a la hoja en blanco que me ofrece construir esta columna, tengo una serie de temas negativos para escoger.

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Sin embargo, esta semana me ocurrió algo diferente. Tuve la oportunidad de formar parte de la edición de una serie de historias que el país conocerá próximamente, sobre personas que de manera desprendida trabajan para ayudar a los demás y construir nación. Gracias al trabajo dedicado de mis compañeros y colegas Dora Glottman y Carlos Barragán, tuve la oportunidad de conocer más de cuarenta casos de titanes colombianos que en su diario vivir dejan huella y se convierten en ejemplo para quienes los rodean.

Quisiera, entonces, adelantarme al trabajo que saldrá dentro de unos días en Noticias Caracol y contarles la historia de Sandra Gutiérrez Jaramillo, una valiente mujer que en carne propia ha tenido que enfrentar la guerra despiadada que se vive a diario en nuestro país. Ella, que con sus experiencias encarna gran parte de la historia de Colombia, es una doble víctima. En 1990, las Farc mataron a su esposo. Doce años después, cuando intentaba reconstruir su vida, y mientras trabajaba construyendo casas en la zona de distensión, de la mano de su segundo compañero sentimental, fue secuestrada por los paramilitares y pasó dos meses en cautiverio, siendo abusada y atormentada por sus captores, que la sindicaban de colaborar con la guerrilla.

Por un momento su secuestro le dejó grandes heridas en el alma y un gran resentimiento que la llevó, incluso, a pelear con su familia, que siempre la ha respaldado sin dar señales de agotamiento. También, y a pesar de ser una mujer de fe, cuestionó a Dios por el difícil camino que le hizo recorrer. Pero con el paso de los días, y tal vez inspirada por los amaneceres infinitos y generosos de los Llanos Orientales, llegó a la conclusión de que la única manera de seguir adelante con su vida era perdonar.

Así, Sandra se convirtió en líder de la junta de acción comunal de su barrio, en Villavicencio, y empezó a hacer trabajo social. Su misión: hacer obras por los demás para reconstruir su vida y sanar sus heridas. Sin embargo, el destino la sorprendió cuando le asignaron como refuerzo para su labor a un grupo de desmovilizados, entre los cuales estaba uno de sus captores. Ella, haciendo uso de su fuerza y carácter que contrasta con su rostro angelical, tras identificarlo, le dijo: “Yo sé quién es usted, y usted sabe quién soy yo. Pero desde ahora hay borrón y cuenta nueva”. Sandra asegura que su determinación de perdonar le ha permitido seguir adelante. Ahora describe que los desmovilizados que laboran con ella son “trabajadores abnegados y leales”, y sobre su propia experiencia de perdón sostiene que “uno no debe dar de lo que tiene, sino de lo que le hace falta. Eso define la calidad de dar”.

Como ella hemos identificado más de cuarenta titanes colombianos, que con sus vidas nos dan un respiro de tanto odio e intolerancia que abunda en nuestro país. Estoy seguro de que hay más, porque en esta nación hay más gente buena que mala. Hay más constructores que destructores. Gracias a Sandra hoy escribo estas líneas pensando que Colombia sí tiene futuro, a pesar de lo que algunos con sus trinos y acciones nos quieren hacer creer.

 

*Luis Carlos Vélez, Director Caracol Noticias.

 

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