Cuando Estados Unidos lanza misiles, es un problema de todos. Por muy inmersos que estemos en nuestros asuntos internos es determinante seguirle el hilo a los grandes hechos globales, porque de una u otra forma nos afectan.
Hace unos días el presidente Donald Trump dio luz verde a una operación militar contra Siria. Información preliminar habla de cerca de 59 Tomahawks disparados desde buques militares estadounidenses. El blanco, según las voces estadounidenses: la base aérea desde donde, hace poco más de una semana, aviones ordenados por el gobierno de Bashar al-Asad, salieron para disparar agentes químicos en contra de su propio pueblo. Hasta ahí el titular que muchos obtuvieron, pero la realidad es que tras la ofensiva hay más preguntas que respuestas. Me explico.
Reportes de prensa rusos muestran que el ataque de EE. UU. no cumplió plenamente con sus objetivos. De hecho, basado en las primeras imagines de la acción militar, se podría concluir que fue un fracaso. No hubo grandes daños a la base, afectaciones a los aviones y mucho menos soldados muertos. En tiempos de sofistificación satelital y teniendo en cuenta la precisión militar de EE. UU., los resultados están lejos de ser motivo de celebración. Otros reportes de prensa sugieren que desde Washington se alertó a los soldados rusos en esa base para que evacuaran el lugar antes del bombardeo. Relatos de los locales indican que hubo prácticamente un abandono de la estación horas antes de que llovieran misiles.
Entonces, hay que preguntarse: ¿EE. UU. tuvo la intención de hacer un ataque defectuoso a la base Siria que provocara el menor número de bajas posible? La política internacional es un ajedrez tridimensional y muchas veces lo que se ve no es lo que parece. Permítame explicarme.
El presidente Donald Trump pasa por un muy difícil momento interno. Desde que empezó su presidencia, que no ha cumplido aún cien días, no ha podido ver un amanecer de calma en la investigación por una supuesta intervención de los rusos en su campaña a la Casa Blanca. Las autoridades tratan de determinar si el candidato republicano ganó las elecciones con algún tipo de interferencia o ayuda desde Moscú. Por lo tanto, lo que muchos se preguntan es: ¿qué tanto le debe Trump a Putin? ¿es el presidente de EE. UU. un rehén de Rusia?
Dado el respaldo de Rusia a Siria, un ataque de Washington al régimen de Bashar al-Asad es una afrenta directa de Trump a Putin. A simple vista sería una demostración de independencia que sellaría esas preguntas que hacen titulares todos los días. Pero, ¿qué pasa si el ataque resulta más espectacular que real? Sería un escenario donde ganan todos: Trump se desmarca de Putin y este hace rabieta para mantenerse cerca de Siria y los daños en tierra, tal y como se ha ido demostrando, prácticamente inexistentes. Una mostrada de dientes que deja muchos ganadores.
Por ahora preguntas. Muchas preguntas, que innegablemente son hechos que nos recuerdan que en tiempos de guerra, la verdad siempre resulta afectada.
Entretanto, un recordatorio: Haber respaldado el proceso de paz no nos obliga a comulgar con la soberbia, conejos y violaciones del Acuerdo por parte de las Farc. Lo negociado se debe cumplir, no solo por parte del Gobierno, sino también por parte de la guerrilla. Se les ve muy campantes haciendo política y no han cumplido nada. Pendejos no somos.