Hay una gran equivocación en los titulares de hoy cuando se expresa que estas fueron unas de las elecciones menos violentas de la historia. La violencia no sólo se manifiesta matando; también lo hace con insultos, acusaciones, acosos e intimidaciones. El tono de esta carrera al Palacio de Nariño ha sido uno de los más sectarios y divisorios de nuestra historia reciente. Esta campaña reveló el verdadero sentimiento de muchos, la lamentable guerra de clases, el resentimiento y el odio con el que solemos vernos los unos a los otros. Triste.
La culpa de la violencia de esta campaña no sólo la tienen los candidatos y sus lugartenientes, la tienen también los ciudadanos y, por su puesto, nosotros, los medios, que con la agenda caníbal de algunos para destruir a competidores y tirarles basura a quienes no hacen parte de sus roscas, no miden consecuencias y se unen en lapidar sin piedad a los colegas que gradúan de enemigos.
Hoy todos tenemos una nueva oportunidad de construir nación y el nuevo mandatario electo deberá tener en su agenda dar pasos firmes hacia la reconciliación nacional. No será un trabajo fácil. Los últimos 12 años han sido de bandos marcados y de odios que han destruido familias, amistades y carreras. Unos de si no eres enemigo de mis enemigos, eres mi enemigo. Una fórmula para matar y morir.
Los próximos cuatro años serán determinantes para nuestra nación. Si no logramos entender que juntos somos más fuertes, no podremos derrotar en conjunto la asquerosa corrupción que nos está comiendo. Si no logramos, como nación, tolerar a los que piensan diferente, podremos firmar miles de tratados de paz y seguiremos con sangre en los ojos, dispuestos a matar. Si no respiramos antes de actuar, el Día de la Madre seguirá siendo el día de más homicidios en todo el año. La culpa es de todos.
Escribo esta columna el domingo antes de que se sepa quién dirigirá los destinos de nuestra nación, pero la tarea es la misma para cualquiera de los dos candidatos. Los 100 primeros días de gobierno serán determinantes para poner el balón a rodar y hacer las movidas de transformación necesarias que el país necesita para generar un buen futuro para todos. Uno en el que entremos todos y en el que nos escuchemos todos para que nuestros hijos finalmente puedan vivir mejor que nosotros.
Nuestra generación tiene la labor de lograr lo que nuestros padres y abuelos no pudieron. Abrir las puertas a la tolerancia, la discusión y la inclusión. Merecemos vivir en paz verdadera, generando oportunidades sin distingo y liderando en la región. Es nuestro momento y no tenemos a quién más tirarle la culpa. ¿Será que somos capaces? Elevo una oración para el nuevo presidente y le aseguro que desde esta pequeña tribuna, cualquiera que sea el mandatario, haremos las preguntas duras que contribuyan a construir nación y democracia.
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