Escribo esta columna sin conocer los resultados del plebiscito y por lo tanto lo hago bajo el supuesto de que lo acordado entre el Gobierno y las Farc fue refrendado por los colombianos, tal y como las encuestas lo vaticinaron. Lo que no tengo como anticipar es el margen de victoria que tuvo el Sí. Sin embargo, esa diferencia es lo que marcará la pauta de lo que será el resto de la administración del presidente Juan Manuel Santos. Si la victoria del Sí fue por amplio margen, quedó claro que el pueblo colombiano está dispuesto a enfrentarse a los retos que significa este nuevo comienzo y se puede anticipar que las reformas necesarias para avanzar con lo pactado tendrán un trámite razonablemente cómodo en el Legislativo.
Si la victoria del Sí fue por poco, todo lo que se viene será en medio de intensos debates y controversias. Si este fue el escenario, el camino de la refrendación pública de lo acordado establecida por el presidente resultó siendo un tiro en el pie. Los expertos constitucionalistas e incluso el exfiscal Montealegre se mantuvieron en la tesis de que no era necesario pasar por las urnas para confirmar el acuerdo de paz. Sin embargo, el mandatario, esperanzado en que este era el camino más democrático y políticamente más sano, prefirió someter su bandera de gobierno a la determinación pública. Valiente sí, práctico no.
Todo lo que se viene de ahora en adelante es delicado y tiene repercusiones más allá de lo establecido en el proceso de paz. Desde la esquina económica hay retos muy importantes e inmediatos. Calificadoras de riesgo como Standard and Poors mantienen a Colombia en perspectiva negativa, están pendientes de que se adelanten reformas como la tributaria y miran con atención el grado de gobernabilidad con el que quedará el Ejecutivo una vez termine el referendo. Por eso, el resultado de las votaciones, que repito desconozco en el momento de redactar esta columna, marcará la diferencia entre dos años de gobierno medianamente decentes o de espinoso recorrido.
A pesar de todo esto y de los riesgos que desde siempre existieron al permitir que los acuerdos fueran refrendados, es innegable que lo logrado, especialmente por el presidente Santos, es histórico y necesario. Tenemos frente a nosotros la oportunidad de construir una nación más equitativa, tolerante y menos violenta. Este acuerdo significa un paso determinante en la dirección correcta para un mejor país. No es bajo ningún parámetro una bala de plata capaz de eliminar todos los males de Colombia, pero innegablemente es hito en la historia.
Aunque cauteloso, soy optimista de nuestro futuro. Como colombiano me enorgullece estar vivo en este momento de la nación que estoy seguro quedará en los libros de texto como un episodio positivo en medio de tanta sangre derramada y pesimismo generacional. Ahora que estoy a pocas semanas de ser padre, siento con convicción que estamos haciendo la tarea bien, pero que este es el comienzo de una tarea compleja y de que se vienen momentos difíciles. Sin embargo, si no es esta generación educada, globalizada y sensible la destinada a corregir para siempre el camino, entonces ¿cuál?