Cuando, siguiendo la forma de ver la política en el siglo 19, muchos pensaban que la antiglobalización era una consigna de “izquierdas”, la ultraderecha mundial celebra.
Lo que parece un veto a la Unión Europea es, en realidad, un golpe al libre comercio y la globalización, o a una forma de supervisión y control, en una época en la que el eje de las discusiones democráticas ha cambiado desde la tradicional dicotomía “Izquierdas vs Derechas” hasta la preeminencia entre derechos humanos y derechos de los Estados. La Unión Europea ha significado, entre muchas cosas, el triunfo de la razón sobre los nacionalismos que generaron dos guerras mundiales, comenzando por los beneficios de la ampliación de mercados pero defendiendo los valores del Estado de Bienestar; el respeto a los derechos sociales y al medio ambiente.
La teoría del comercio demuestra, matemáticamente, que la especialización no es un juego de suma cero y que los resultados del comercio pueden producir utilidades a las partes que participan en él. Otra cosa es la proporción en que se reparten esas utilidades dejando claro que en un modelo de dos, ambos pueden ganar. Demostración de David Ricardo en el siglo 18, reafirmada luego por Herschel y Ohlin en la primera mitad del siglo 20. Estas teorías fueron combatidas por los conservadores, representantes del país rural, contra los Liberales, encabezados por Ricardo, en el parlamento del Reino Unido desde entonces, por lo que no deberíamos estar tan sorprendidos por un referendo que oficializa el enclaustramiento, en ese mismo país.
El libre comercio, fundamento de la globalización, ha tenido dos efectos primarios: aumento de las utilidades, por disminución de los costos salariales, y reducción de estos últimos como consecuencia de la contracción de los precios de alimentos materias primas e insumos. El tercer efecto, menos deseable, ha sido la caída de los ingresos de muchos Estados, limitando sus funciones, como consecuencia de la deslocalización mundial de la producción e imperfecciones como el traslado de las producciones a países con menores costos por la ausencia de normas laborales y ambientales. Su dinámica ha superado las capacidades de los gobiernos, pero no a la Unión Europea que ha venido ejerciendo liderazgo internacional en muchos asuntos, entre ellos el de un uso razonable del medio ambiente.
La reacción de los políticos Conservadores en Reino Unido puede tener repercusiones en todo el mundo y recoge, de alguna manera, el sentimiento de élites políticas y económicas nacionales que han sentido disminuida su capacidad de influir. Por ahora los partidos de extrema derecha en Francia; Italia y otros países de Europa han asumido como propia la consigna de retorno al proteccionismo que, por cierto, es la bandera de Trump en Estados Unidos.
Este pulso, que se produce en un periodo de enorme complejidad económica, apenas comienza pero, en principio, no ha generado el desastre que muchos quisieron anticipar. El Euro bajó, pero no tanto. Luego de la caída de las bolsas el lunes lograron recuperarse y mientras esta, que llamaré la enfermedad inglesa, no se extienda a otras latitudes el asunto no debe pasar a mayores, al menos en el corto plazo.
Por ahora, sin embargo, la peor parte la llevan los promotores del referendo y el mismo Reino Unido que ha visto oscurecer, de repente, todas sus perspectivas económicas. Este periodo, difícil para la economía mundial y los gobiernos, consecuencia de la crisis que empezó en 2008, resulta propicio para el resurgir del populismo, en este caso de derechas, aunque sus supuestos estén basados en mentiras y manipulación, como explicamos en nuestra columna de la semana anterior (Ver) y muchos analistas se hubiesen tomado el trabajo de listarlas. (Ver)