Lo que está ocurriendo con la política y la economía mundial comprueba que los malos políticos no necesitan ayuda de plagas, tsunamis etc., para conducirnos al desastre. Cuando todo hacía pronosticar un año de crecimiento para le economía, probablemente el mejor desde la crisis en 2008, la guerra comercial entre Estados Unidos y China se ha convertido en su principal amenaza.
Como no se recuerda, la política exterior norteamericana, y también la de inmigración, reflejan ahora menos principios y razones de Estado y se desarrollan más al vaivén de la política electoral, ante la inminencia de sus elecciones presidenciales. Las consecuencias las asumirá ese mismo país, pero también el mundo.
El uso indiscriminado de aranceles, tradicionalmente una herramienta de política comercial, se ha convertido, en manos del presidente Trump, en un arma de política electoral de la que no se salva, prácticamente, nadie. Comenzando con China, a quien declaró una guerra comercial, ha resuelto seguir ahora, en simultáneo, con India y México, país al que notificó un arancel inicial de 5% que subirá hasta 25% si no detiene la inmigración ilegal .Esto lo ha hecho cuando las modificaciones al TLCAN, resultado de larguísimas y duras discusiones, estaban a punto de ser aprobadas por su propio congreso.
Para el presidente Trump los saldos, en ese caso negativos, de la balanza comercial lo justifican casi todo. “México hace una fortuna con los Estados Unidos desde hace décadas”, trinó, sin tener en cuenta el efecto en la moderación de precios internos de importaciones más competitivas, ni que sus medidas han encarecido el dólar, haciendo más costosas las exportaciones norteamericanas. Pareciera dispuesto a empujar, a su propio país, a una crisis.
¿Puede ser el saldo de la balanza comercial motivo suficiente para declarar una guerra en la pretensión de recuperar la propia industria? Evidentemente existen otros argumentos, como las ventajas para el consumidor norteamericano de conseguir productos a más bajo costo; lograr que los salarios compren más y, por la misma razón, aumenten las ganancias de los inversionistas, por ejemplo.
La incertidumbre generada por las medidas no solo afecta al comercio y al crecimiento mundial: la caída del mercado accionario y la pérdida de empleos han sido advertidas por dirigentes de la Cámara de Comercio y las asociaciones de industriales de Estados Unidos. Incluso su copartidario y presidente del Comité de Finanzas del Senado, senador Grassley, señaló que estaba confundiendo seguridad fronteriza con política comercial.
El F.M.I ha continuado advirtiendo sobre los efectos que tendrá la guerra comercial en el crecimiento global esperado para 2019.Los mercados de futuros ya lo han sentido y el precio del petróleo, ante una eventual reducción de la demanda China y mundial, acompañado del aumento de la oferta norteamericana, se comienza a afectar.
De continuar la tendencia lo lamentaremos también en Colombia, con un dólar que está llegando a 3.400, un 81% más que hace, apenas, cinco años. El encarecimiento de las importaciones tendrá, inevitablemente, efectos en los precios; el del dólar en la porción de ingresos que destinamos al pago de deuda, acentuando nuestro problema fiscal. No somos indiferentes a lo que ocurre con el comercio mundial, contrario a lo que algunos han afirmado.
El Brexit, otra decisión irracional que no resiste análisis, ha logrado dividir a la sociedad británica, al igual que el proteccionismo de Trump lo hace en Estados Unidos. Está “demente”, afirmó Paul Krugman en su más reciente columna, sin considerar que su objetivo no consiste en estar cuerdo, o demostrar que lo está, si no en ganar las próximas elecciones y seducir a su poco informado electorado.