La trepada del dólar tiene muchos efectos negativos, pero puede utilizarse favorablemente. Es momento de respaldar al sector industrial.
Cuando parecía que la industria local estaba condenada porque resultaba más barato comprar muchos bienes en el exterior que producirlos internamente, apareció la devaluación del peso como tabla de salvación.
Colombia, hasta 2014, con un crecimiento de 4.6 %, muy superior a la media latinoamericana, parecía eximido de urgencias. La caída del petróleo nos aterrizó y lleva el dólar en 3.000, lo que se ha convertido en la mayor preocupación para gremios como el de los industriales quienes aún no interpretan un factor a su favor. Los efectos de esa realidad se han sentido: el PIB inicialmente esperado para 2015, 4.8 %, ya va en 2,8 %, y la inflación llegó, en los últimos 12 meses, a 4.64 %, la más alta desde abril del 2009. Se nota en el precio de automóviles y bienes de capital, pero también en el tamaño y costo del pan, etc. Es el encarecimiento de insumos y bienes importados.
Si hacemos un balance de la manera en que esta nueva realidad nos afecta, lo inmediato es el deterioro de los términos de intercambio que hacen nuestro trabajo más barato pero más competitivo. El aumento de exportaciones y la reducción de importaciones se puede esperar, pero eso no ocurre automática o espontáneamente. Hasta ahora la caída de exportaciones es drástica, 39 % de mayo a mayo, la de importaciones muchísimo menor: 17.7 %.Si esa tendencia no se revierte, la cosa se vuelve insostenible.
Con una caída en la producción industrial del 2 % en lo corrido de 2015, viniendo de 0.1 % en 2012; 0.6 % en 2013 y 0.2 % en 2014, años en que la economía en su conjunto creció por encima del 4 %, y habiéndose reducido su participación en el PIB hasta un 10 %, el panorama del sector sigue siendo sombrío, pero empieza a mejorar: este julio, comparado con el anterior, ha mostrado un desempeño positivo del 1.9 %, ojalá dando comienzo a una tendencia ascendente.
En un momento así resulta inútil proponer la habitual discusión entre apertura vs proteccionismo; añorar épocas previas a la globalización o hacer caso omiso de la competitividad, basada en productividad, que han alcanzado otras economías. Aun así, el país puede encontrar nichos para una renovada especialización en un entorno mundial como el que tenemos —y no como el que deberíamos tener—.
Tan importante como el mercado es el papel del Estado, reconocido por uno de los pioneros de la economía clásica, David Ricardo, quien claramente planteó dos excepciones al libre comercio “puro”; una de ellas, la protección y desarrollo de industrias incipientes, aplica perfectamente al actual caso colombiano. El Estado no puede limitar su función a arbitrar intereses y tiene la obligación de tomar partido defendiendo el bienestar ciudadano.
Un objetivo de corto y mediano plazo debe ser la recuperación del mercado venezolano, aún con problemas de pagos que se pueden solucionar con respaldos y tratados entre gobiernos y bancos centrales. Nuestras exportaciones allí cayeron desde 6.100 millones de dólares en 2008 a 1.987 en 2014. El de Colombia y Venezuela es un mercado natural que necesita solamente reactivarse y ajustarse a las nuevas circunstancias. Los hermanos del otro lado del Arauca tienen los supermercados vacíos mientras nuestras plantas productivas no utilizan su capacidad instalada. Es un absurdo difícil de explicar.
La recuperación de ese mercado natural es más importante que promover desafíos del Gobierno hacia los gremios, como el que parecía presentarse entre la ministra de Comercio y una ANDI reclamando apoyo y la creación de un ministerio de industria que, tarde o temprano, vamos a necesitar. Será difícil, teniendo en cuenta la encrucijada fiscal, pero tender una mano a ese sector es ahora indispensable. Estamos justo en la puerta de una crisis, pero también de una oportunidad.