¿Está llegando la hora de buscar unos acuerdos humanitarios mínimos?
Luego de un avance notable en los puntos acordados en la Habana con las FARC, sorprendió a los colombianos el repunte de violencia la semana anterior, generando diferentes interpretaciones. ¿Existen grupos de la guerrilla que no están representados en la mesa, además del ELN? ¿Será una reacción a la presión de las Fuerzas Armadas y la “lentitud” del proceso? ¿Es natural que estas cosas ocurran en cuanto “nada está acordado hasta que todo esté acordado”?
Lo cierto es que el gobierno y quienes desde la defensa de las instituciones se han jugado por la Paz han quedado en una posición incómoda, como un emparedado, entre aquellos que siguen promoviendo la violencia y quienes rechazan toda negociación, por encima o por debajo de la mesa. Una mirada al entorno político puede ayudar a encontrar una salida.
Resulta por lo menos extraño que las FARC insistan en la estrategia que los sepultó políticamente en las puertas de unos eventuales acuerdos, como lo señalo el negociador Jaramillo quien, al igual que muchos colombianos, no entendió como luego de buscar la manera de mejorar la infraestructura y las condiciones de vida de quienes viven en el campo, en La Habana, la guerrilla destruya puentes y vías, en Colombia, en un periodo que podríamos calificar como de “apertura” política, con una reforma en el horizonte y la participación en elecciones de lo que quedó de la Unión Patriótica, contando para ello con el auspicio y la protección del Estado, como es elemental.
La percepción acerca de las FARC, luego de empezar las negociaciones, por parte de la población ha cambiado, a su favor: una reciente encuesta realizada por la Universidad de Vanderbildt, el Barómetro de las Américas, muestra que si bien un 53.7 % de encuestados no aceptaría su triunfo en las elecciones de 2015, un 35.1% sí. Esas cifras son bastante diferentes al pobrísimo 2% de favorabilidad que hace poco les daban las encuestas. Está claro que de constituirse en movimiento político se les abre una oportunidad y el acceso a gobiernos regionales y locales. ¿Por qué quieren retroceder? Por ahora, como la Penélope de Homero, destruyen en la noche lo que construyen en el día. Mal.
Mientras conversamos en La Habana suceden hechos terribles que desdicen no solo de la naturaleza de nuestro conflicto si no, más bien, del grado de inhumanidad al que ha llegado, como los que ocurren en Buenaventura y la pequeña fallecida en El Cauca, que nos avergüenzan y avergonzarán por siglos (¿Recordamos Bojayá?). Los atentados contra la población civil; la utilización de niños como combatientes; las escuelas como escenario de guerra; ¿Cómo no detener tanta barbarie ahora? Por otra parte, sin necesitarse más, son el mejor argumento para quienes no quieren la Paz.
Con un gobierno y un mandato fresco por la Paz que cuenta con el respaldo de casi todos los sectores políticos y la comunidad internacional, parece inexplicable esta arremetida que pone en serio peligro lo conseguido al colocarse, en la práctica, del lado de quienes no la quieren, dejando nuevamente la impresión de decir una cosa y hacer otra. Aunque es difícil pedir sentido de la historia y de la oportunidad a un movimiento que se suicidó políticamente a punta de terror, secuestros y equivocaciones, vale decir que este no parece el momento más adecuado para añadir un eslabón más a una larga cadena de horrores. Como dicen los más jóvenes “no aguanta”.
Pero, por otra parte, ¿No será esta la hora más conveniente para pactar unos mínimos humanitarios mientras “todo está acordado”? Es, en todo caso, mejor avanzar en dirección a la Paz que en contravía.
@herejesyluis
Posdata: Esta columna reaparecerá el 25 de agosto por vacaciones de su autor.