El sí ganará el plebiscito y los acuerdos serán una realidad histórica. Se hizo la paz con las FARC, pero nuestros dirigentes no pudieron ponerse de acuerdo sobre un tema tan crucial.
Nadie debe llamarse a engaño: Santos llegó a su segundo periodo ofreciendo el acuerdo con las FARC que ahora es un hecho. Otra cosa son las circunstancias económicas del país y el desempeño del gobierno. Las mayorías no han olvidado ese “encargo” y por eso votarán sí al plebiscito aunque pongan en entredicho la gestión del gobierno en las encuestas.
¿Se hicieron demasiadas concesiones? Hay de todo. Desde el necesario reconocimiento a sectores agrarios históricamente marginados, que las FARC han buscado abanderar, con el compromiso de una reforma agraria que el país se debe hace rato para modernizar el campo, y metas concretas como el fondo de tierras, con tres millones de hectáreas y la regularización de siete más, hasta casi ninguna referencia a temas importantes en la sociedad contemporánea como acceso universal a internet , democracia digital y el reconocimiento de derechos a nuevos sectores urbanos . La indispensable reforma política es, apenas, un enunciado.
La esencia de la Constitución no se ha tocado. Es cuando menos rebuscado invocar falta de justicia, por cuenta del acuerdo, cuando todos sabemos, y lo confirman repetidamente encuestas, que el sistema judicial se encuentra en crisis hace rato.
El logro más importante, para las FARC, es el alcance constitucional del acuerdo que ha sido posible porque no se sale de la Constitución aunque contenga temas verdaderamente espinosos y excepcionales como la preeminencia de la justicia transicional (debe recordarse, temporal) y una Ley de amnistía “expedida” por anticipado (Está, con puntos y comas, incorporada). La lucha contra el narcotráfico y los grupos ilegales remanentes, lamentablemente, se queda sin abordar el fondo del asunto: la legalización y derrota histórica del prohibicionismo como única estrategia. Lo demás es apenas obvio: recursos y garantías para su transformación en partido y subvenciones temporales a los desmovilizados. Sumando y restando, el saldo es el costo aceptable de esta paz.
¿Se convertirá Colombia al “Castro chavismo” o Timochenko será presidente? No parece, luego del fracaso populista en Venezuela. Se nota mucho que las FARC tienen una visión obsoleta de la historia y es evidente su aislamiento por más de medio siglo. Son muy recientes los recuerdos de la guerra. Su discurso es caduco o, por ahora, no tienen ninguno, al perder la “cháchara” anti todo y verse obligados a proponer en lugar de destruir. Colombia es hoy una Nación predominantemente urbana que les resultará algo “extraña”. Tendrán que pagar su derecho de piso en democracia y persuadir a la opinión con propuestas inteligentes, mucho más allá de las esbozadas en el acuerdo.
Quienes advierten “peligros” en la transformación de las FARC en partido político no hacen más que consolidar razones para el acuerdo: ¿Mejor una guerra eterna? Esa es la democracia.
Pero la presencia de las FARC en la escena política va a cambiar la competencia partidista y no es difícil visualizar realineamientos inminentes con el endurecimiento de la oposición a la “derecha”; el vicepresidente, ahora delegado para asuntos de paz, como consolidado candidato del presidente, y una “Izquierda” que sentirá el impacto del nuevo partido. A falta de homogeneidad en la dirigencia, el acuerdo, el pos conflicto, serán ejes de la campaña presidencial que se avecina. Pese a ello la competencia de las FARC debe producir un mejoramiento en la calidad de la política; los partidos actuales deberán esforzarse sin que existan razones para tenerle “miedo” a una expresión que representa más al pasado que al futuro.
Este acuerdo no soluciona los problemas de Colombia pero avanza en ello. Seguimos en la búsqueda de la Paz política, asunto en el que estamos no por la pelea Santos-Uribe si no desde la guerra de independencia. La polarización o diferencia de opiniones e intereses sobre temas de Estado, llevada a extremos, da la medida de lo que le falta por madurar a nuestras instituciones.