Las mentiras, con frecuencia, ganan elecciones.
Lo de Trump parecía un chiste, pero no lo es. Derrotó al establecimiento republicano y si alguien cree que con Hillary será diferente, por su experiencia, vale recordar que ya dejó en el camino al heredero de la dinastía Bush. Apenas hace un año la señora Clinton ganaba por 20 puntos en un promedio de encuestas; hoy solamente por 2.7.
La manipulación de sentimientos y emociones; la evocación del “renacer Americano”; su oferta de protección frente al terror; su bien calculado racismo (cuánto consigo del ciudadano blanco, con escasa educación y preferiblemente pobre, cuanto pierdo del voto inmigrante) y sus mentiras (Obama no nació en Estados Unidos o gestionó mal la economía) han sido eje de su arsenal electorero.
Entidades prestigiosas como The Economist dan favoritismo a la señora Clinton al proyectar a su favor 20 Estados más el distrito de Columbia, es decir 253 votos electorales frente a 170 de Trump, lo que la dejaría a 17 del número mágico, 270, que podría conseguir ganando “solo” en “Florida (29) u Ohio” (18).Análisis más recientes, sin embargo, indican que Clinton podría alcanzar 209; Trump 164 mientras 165 se encontrarían en discusión. La elección se encuentra abierta.
Mientras el mundo observa atónito, con una mezcla de perplejidad, burla y temor, Trump se concentra, como los promotores del Brexit, en la falsa disyuntiva nacionalismo vs globalización, invocando, como Hitler, al patrioterismo, bandera predilecta del populismo. Promete recuperar empleos aunque no diga que para impedir la entrada de productos más competitivos el muro proyectado en los límites con México debería rodear todas las fronteras de Estados Unidos y aun así sería insuficiente. Más en el fondo, aunque también en superficie, esgrime el poderío militar para imponer condiciones. No es difícil imaginar que en un eventual gobierno de Trump quienes lo elijan cambiarían la seguridad que ofrece por el retorno de la amenaza nuclear, como advirtió la señora Clinton.
El regreso de este populismo a lo Trump; Brexit; Le Pen etc.se produce, como en momentos previos a la segunda guerra mundial, en un periodo de post crisis sin que pueda considerarse una expresión espontanea de sectores pobres y de clase media. La crisis de 2008 ha devenido en un deterioro fiscal de los gobiernos que ha golpeado muy duro el papel del Estado en las sociedades democráticas. Ahora, las críticas fundamentadas a la mala política son utilizadas para desprestigiar al sistema y conseguir éxito de promesas sin destino. Ante el “caos” que diagnostica Trump su respuesta es un gobierno autoritario, lo que coincide con su extraña admiración por el cuasi dictador Putin, como lo registró ayer Paul Krugman al “devolverle” atenciones (ver).
Partiendo de verdades para llegar a falsedades, Trump, intenta todo. Una de sus estrategias es la crítica destructiva de la política. Para ello, cuenta con argumentos reales como el de Francis Fukuyama quien observa en el deterioro de las instituciones la decadencia de la política,“ Aunque en una democracia moderna todo el mundo habla el lenguaje de los derechos universales, muchos se contentan con obtener privilegios —exenciones, subsidios o beneficios especiales— sólo para ellos, su familia y sus amigos”, pero llega a conclusiones falsas , como que debe darse total preeminencia al ejecutivo.(Cortes y Congreso no dejan gobernar), desechando el equilibrio de poderes inherente a la arquitectura Constitucional .
Trump confía en el reconocimiento que el norteamericano medio pueda hacer de tesis como la de Fukuyama, quien se ha referido recientemente a la dificultad de las instituciones para adaptarse a los cambios, produciéndose en ellas una especie de “parálisis” de la cual son presas las democracias occidentales. Y aunque eso es verdad; tres factores: Corrupción; crisis fiscal de los gobiernos, y perpetuación de élites, pueden dar lugar al deterioro del régimen político, la peor, y más peligrosa, respuesta es el populismo autoritario.
No es un secreto recabar, mediante estudios y encuestas, lo más profundo de sentimientos y emociones, aun las más oscuras, de sectores ciudadanos, para luego ofrecer “soluciones” sin ningún parámetro ético, moral, real o institucional, como hace Trump. Pero, cuidado: las mentiras con frecuencia ganan elecciones, incluso contrariando las encuestas, como acaba de ocurrir en Inglaterra.