Los remedios habituales no funcionan y las medidas tomadas por los diferentes gobiernos, ante los efectos económicos del coronavirus, podrían no conseguir los resultados esperados. Se trata de un problema de salud, convertido en miedo y percepción de fatalidad inminente, que ha minado la confianza y aumentado la incertidumbre. Al igual que ocurre con las personas, se requiere un tapabocas para la economía.
Para quienes se ocupan solamente de los números en las bolsas, lo que está ocurriendo puede considerarse una oportunidad: algunas acciones están cayendo, pero otras han tenido una valorización impresionante en pocos días. El virus no durará para siempre, así que otra estrategia rentable consiste en esperar la recuperación, que inevitablemente llegará, y apostarle a ese escenario en el que, como en virus anteriores, sus efectos sicológicos no superen el primer trimestre en la disposición y actitud de los mercados.
Para gobiernos y Estados el asunto es diferente: lo que se presentó como cierre de fábricas e interrupción en las cadenas de suministros, inicialmente, pronto se transformó en desconfianza generalizada e incertidumbre que terminó afectando confianza e inversión. El cierre de laboratorios en China e India afecta ya la entrega de medicamentos en Europa y otras partes del mundo. Otras ramas, como turismo, energía y el mercado del petróleo, han sido duramente afectadas. Por esa vía el coronavirus llegó hace días a Colombia, con la caída en los ingresos petroleros y la inestabilidad en el precio del dólar.
Las medidas tomadas la semana pasada por los bancos centrales de Europa y Estados Unidos, al bajar considerablemente la tasa de interés, han sido útiles en el pasado –en la crisis de 2008, por ejemplo– para reactivar la economía. ¿Ocurrirá lo mismo ahora? Quién sabe, ¿pero acaso tenemos muchas otras herramientas? Finalmente se trata de un asunto de percepción, de una crisis que no obedece a patrones cíclicos de la economía y, en ese caso, de un problema de oferta, al desconectarse la estructura productiva y de comercio mundial, y no de un típico problema de reducción de demanda.
En circunstancias así no es suficiente el recurso de dinero barato, tanto como el suministro oportuno de bienes y servicios como herramienta para recuperar la confianza. Ante la crisis desatada, amenaza de recesión global incluida, las medidas de política requieren consensuarse y coordinarse entre los diferentes Estados. El virus y sus efectos, en política y economía, son y serán globales.
Las medidas tomadas por los bancos centrales son un ejemplo positivo de lo que debemos hacer. La Reserva Federal en Estados Unidos se situó por encima de las minucias de la política interna, al bajar las tasas por considerarlo conveniente y no solo porque se lo solicitara, como tantas veces lo hizo en el pasado, el propio presidente Trump, ahora en un año electoral y a quien puede convenir la decisión. A nivel mundial la ciudadanía debe exigir que prevalezca el interés general sobre las disputas políticas internas y externas. En Italia y España observamos, al calor de esas disputas la semana pasada, ejemplos de lo que no se debe hacer al gestionar desde el gobierno, bajo influencia de la mala política, los efectos del virus. ¿Cuánto demoraremos en nuestro país en repartir culpas entre el presidente Duque y la oposición?
Salvo por las razones señaladas, en Colombia no hemos sentido otros efectos económicos del virus, lo que no significa que no nos prepararemos tomando las medidas necesarias, como en el área específica de su atención clínica para la que se han destinado inicialmente $15.000 millones. Ya la OCDE redujo su previsión de crecimiento para el mundo desde 2,9% a 2,4%. ¿Qué podríamos hacer aquí?
Desde el punto de vista del interés general, el peor escenario debe ser considerado por el Estado y se refiere a la expansión de la enfermedad, la profundización de la desaceleración y sus efectos en la economía y el empleo. En un contexto como ese, u otro similar, el Gobierno no puede gestionar la crisis con las “manos amarradas” por los actuales límites de la regla fiscal, como ya se ha observado en Europa. ¿No es este el momento de anticiparnos y reconsiderar términos y situaciones excepcionales, complementando un proyecto de ley que se tramita en el Congreso? Haría las veces de tapabocas para proteger la economía y el bien común en caso de necesidad.