A consecuencia de lo sucedido el 2 de octubre el país se quedó sin una agenda cierta; al garete. El limbo en que nos encontramos no se puede mantener ad infinitum. Es la hora del congreso.
Los resultados del plebiscito pusieron en evidencia la fragilidad de un modelo de participación y gobernabilidad fundamentado, casi exclusivamente, en mayorías parlamentarias que ha concedido, tradicionalmente, escasa importancia a la opinión pública que no ha encontrado, pese a las disposiciones constitucionales, espacios para otras formas de participación. La oposición, con una mezcla de críticas a la gestión del gobierno, al pasado y a la eventualidad de un gobierno populista, consiguió precarias mayorías. Pese a ello nadie parece tan desquiciado como para pregonar que debemos renunciar a una Paz concertada. Nadie quiere ser responsable de que no se pudo y mucho menos salir a reclamar un triunfo “huérfano”. Eso es muy positivo. Una buena base para aclimatar un nuevo acuerdo.
Luego del Nobel, un símbolo del valor concedido por la comunidad internacional al esfuerzo por la Paz, el gobierno ha escuchado las diferentes voces de la oposición para tratar de renegociar, en la práctica, lo acordado. Hasta el momento, incluidas unas FARC a las que se les debe reconocer un nuevo tono, no se han escuchado voces discordantes y pareciera existir predisposición para encontrar una salida. La que se abrió la semana pasada en el congreso, un escenario apenas natural para resolver diferencias políticas, es la más indicada buscando acercar al uribismo con quienes apoyaron el Sí. Una oportunidad para convocar y escuchar allí a la ciudadanía. ¿No deberían participar en ese foro voceros de las FARC? Se ganaría mucho tiempo. Y el tiempo apremia.
Las conversaciones para encontrar unos acuerdos políticos deben dejar de ser responsabilidad exclusiva del gobierno, y no solo porque su estrategia con la opinión fue derrotada, para ser asumidos como propios por la dirigencia empresarial, política y la sociedad civil organizada .Una tarea que no se hizo oportunamente debemos hacerla ahora, con el tiempo y los resultados del plebiscito jugando, fuertemente, en contra.
Siendo muy buena la noticia de prorrogar el cese al fuego hasta el 31 de diciembre, estamos en una situación muy difícil de mantener. ¿Se trata de una paz o una guerra suspendida? Un problema militar con dos fuerzas que no tienen intención de agredir (existe un protocolo para ello), pero en un medio ambiente en que todo puede pasar; con dificultades logísticas obvias, pero también con los problemas que la incertidumbre política empieza a crear en la economía completando un escenario negativo, ahora complicado por la impopularidad de la reforma tributaria, si es aprobada, y sus efectos, si empieza a operar.
Otro importante factor que cada día altera más nuestro devenir, generando incertidumbre, son las expectativas de la sucesión presidencial: Está claro que una estrategia de la oposición es dilatar la salida a la crisis del acuerdo hasta unas elecciones en las que “todo” se resolvería. También que el vicepresidente es candidato.
Pero las demás fuerzas políticas, incluido el Liberalismo en el que todas sus vertientes han apoyado el acuerdo sin condiciones, se encuentran “esperando” lo que pueda ocurrir sin que se sepa, aunque todo parece indicarlo, que el vicepresidente es el candidato del presidente, no tan tapado luego de la selección de Fiscal y defensor del pueblo.
Pese a que la polarización se mantiene, la semana pasada pudimos comprobar que no es tanto, ni son tantos, lo que nos separa de una Paz negociada en la que todos cupiéremos. Ningún escenario mejor que el congreso, entre otras cosas porque allí están sus protagonistas. El ex presidente Uribe, por ejemplo, no ha querido ir a La Habana pero no debería tener razones para realizar, en vivo y en directo, sus aportes y objeciones. Lo mismo debe ocurrir con otros sectores del No. Es la hora del congreso.