De cómo la división que existe entre sus principales líderes viene afectando el balance político no sólo de su propio país, sino de Oriente Medio y, con ello, de la situación petrolera mundial.
Hace pocos días el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, fusionó unilateralmente los ministerios de Energía y Petróleo, los de Comercio y Minas, y los de Trabajo y Bienestar Social. La fusión de los ministerios de Energía y Petróleo se ha discutido por más de una década, pero la discusión no ha progresado por enfrentar fuerte oposición en el Parlamento, el cual tiene la responsabilidad de aprobar cualquier cambio en la estructura del gabinete. El presidente de la Cámara, Alí Larijani, ha denunciado el cambio como inválido, acusando a Ahmadinejad de haber violado la ley. El presidente contraatacó sugiriéndole a Larijani, sin nombrarlo, que “no se meta a contaminar la atmósfera del país”, y no ha dado indicación alguna de retroceder en su posición.
Ahmadinejad, quien no tiene experiencia alguna en petróleo y gas, le ha dado especial importancia a su condición de ministro interino de la nueva cartera, realizando frecuentes reuniones con los jefes de la NIOC (National Iranian Oil Company) y otras entidades relacionadas. Tal vez una de sus motivaciones más importantes tenga que ver con su nueva condición como ministro de Petróleo de la OPEP, que lo llevará a asumir la presidencia de la organización, posición que hace poco le fuera asignada a Irán. Para el momento de escribir este texto, se avizoraba la interesante situación de que Ahmadinejad encabezara la delegación iraní a la conferencia de la OPEP el 8 de junio, en la cual se anticipaban difíciles decisiones en relación con un posible aumento de producción y en cómo distribuir el volumen adicional. La presión para un aumento proviene de los altos precios, proyecciones de insuficiente suministro, quejas de los consumidores, además de que la Agencia Internacional de Energía (AIE) ha anunciado que apelará a las reservas estratégicas si la OPEP no aumenta su producción. Ante la pérdida de casi todas las exportaciones de Libia, sumada a una robusta demanda en las economías emergentes, el mercado petrolero enfrenta un déficit de entre 1 millón y 1,7 millones de barriles por día durante la segunda mitad de este año. La AIE ha manifestado preocupación de que los altos precios petroleros ya están teniendo un impacto negativo sobre la economía, preocupación compartida por miembros moderados de la OPEP. Por otra parte, la organización se preocupa por una posible restitución rápida de la producción de Libia que tumbe los precios. Finalmente, vale la pena señalar que internamente existen preocupaciones de que la unión de los dos ministerios tiene el propósito de aumentar el control del presidente sobre los ingresos del gobierno, lo cual aumentará la ineficiencia y el despilfarro.
Entre tanto, las acciones recientes de Ahmadinejad han desatado una tormenta en su país, donde el presidente ha retado abiertamente la autoridad del líder supremo, Ayatollah Alí Khamenei. Las tensiones entre ambos, que siempre han estado latentes, han salido a flote violentamente cuando el pasado abril el presidente despidió al ministro de servicios de inteligencia, Heydar Moslehi, quien apenas horas después fue restituido en su cargo por Khamenei. Esa intervención del líder supremo es muy poco común, pues Khamenei prefiere mantenerse al margen de la cotidianidad política, utilizando sus representantes en el Parlamento y otras instituciones, y pone en evidencia las dificultades en sus relaciones con el presidente, quien en represalia se retiró temporalmente de la vida pública y boicoteó varias reuniones gubernamentales. La destitución de Moslehi se debió a que instaló un operativo de espionaje en las oficinas del jefe de gabinete y aliado del presidente, Esfandiar Rahim Mashaei, una persona controversial denostada por los aliados de Khamenei. A pesar de su poca popularidad, se comenta que Mashaei está siendo preparado por el presidente como su sucesor.
En el papel, los poderes de Ahmadinejad son ampliamente inferiores que los del líder supremo. Aunque el presidente tiene apoyo de importantes personajes de la Guardia Revolucionaria, es Khamenei quien designa los altos comandantes. Los asuntos de política exterior son decididos por el Consejo Supremo Nacional de Seguridad, indirectamente manejado por el líder supremo, mientras que los Majlis controlan el proceso legislativo. Pero esas instituciones son excluidas por Ahmadinejad, quien trata de mantener control férreo del país hasta 2013.
¿Cuál será el desenlace de esta lucha intestina? ¿Qué pasará con el poder del presidente y como terminará su confrontación con el líder supremo Khamenei? ¿Qué resultado se puede anticipar en las próximas elecciones parlamentarias en Irán en 2012? ¿Tendrá la nueva condición de ministro petrolero de Ahmadinejad nuevas implicaciones para el balance interno de la OPEP y sus acciones formales? Son interrogantes importantes para el balance político en Oriente Medio y la situación petrolera mundial.
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