ME IMAGINO QUE NUESTRO PRESIdente vio la posesión de Obama con la misma cara de circunstancia que McCain. Como si estuviera viendo que su relevo es Piedad Córdoba.
Es decir, la está viendo negra. Y no es para menos. Confundieron en el gobierno del pulso fuerte y el corazón ausente una llamada química personal entre mandatarios, que terminó haciendo del presidente de los zapatos un aliado que reemplazará las ausencias de los ex senadores Vargas Lleras y Parody en la coalición uribista. Apoyaron la invasión a Irak, como si fuera un allanamiento más. A Vivanco, director de Human Rights, lo declararon asesor de Alfonso Cano sin medir las consecuencias de confrontar a un personaje de amplísima influencia en el nuevo gobierno estadounidense. Y terminaron engañados por los republicanos, suplicándoles una pruebita de amor, mientras destilaban odio contra los demócratas.
A eso se agrega que la química entre Uribe y Obama es como la de palestinos y judíos. Tienen más claridad las cuentas del referendo reeleccionista. Y no sólo por cuestión de piel. Barack rechaza el mesianismo y no se ha cansado de repetir que “esta elección no ha sido acerca de mí, sino acerca de ustedes”; estimula la crítica y descarta el unanimismo gozándose y probándose a sí mismo con la gente que está en desacuerdo con él. No polariza y ha sido reiterativo en afirmar que el mundo de los Estados Unidos es tanto de rojos como de azules. Antes de trasgredir fronteras está dispuesto a utilizar la diplomacia. Más que gobernar con retrovisores, convoca hasta a sus enemigos más recalcitrantes a salir de la crisis. No se le conocen ranchos ni cosas que se le parezcan. Es noble, pues después de adjetivizarlo de atropellador por no apoyar el TLC, no tuvo obstáculo alguno para pasar al teléfono. No depende de las gotas para calmar irascibilidades, sino que hace del basquetbol un deporte que calma ansiedades y lo obliga a jugar en colectivo. Y estoy convencido de que con tanto juramento que hizo el pasado martes para cumplir la Constitución, no le gusta ni poquito que nuestro carriel cambie todos los días de Constitución para hacerla a su tamaño.
Pero será más difícil esa relación cuando se entere de que el presidente Uribe ha orientado encarcelar a todo joven que sea pillado consumiendo droga. Y me imagino que le asistirá el temor de que esa medida se tome con retroactividad, pues, como bien sabemos, él fue un consumidor confeso. Por eso ha propuesto reversar en su país la sentencia que los judicializa y más bien, sugerir rehabilitación para quienes narco delinquen por primera vez, llegando incluso a proponer que el Estado suministre las jeringas a los drogadictos para evitar el contagio de las enfermedades. Y no tiene ningún temor en reivindicar el derecho al aborto y a los derechos de los gay, sin que por ello se afecte el concepto de familia. Y, como si fuera poco, diferencia la lealtad de la fidelidad, cuando no permite que su gobernabilidad se afecte por sospechas de malos manejos de sus funcionarios, y por eso los renuncia antes de posesionarlos.
En fin, salvo el tema de las Farc y su obsesión por la Blackberry, la relación personal entre Uribe y Obama está en blanco y negro. Con el agravante de que el primero mira las relaciones del Estado de manera prefeudal, mientras que el segundo es verdaderamente postmoderno.