QUÉ CONTRASTE. MIENTRAS LE DICtaban medida de aseguramiento al presidente del partido de la U, sus directivas entregaban cinco millones de firmas para reelegir la ética en política.
Sí, con un despliegue propio de la seguridad democrática, con carros blindados y policías motorizados con R15, con un comité de apoyo que por su vestimenta se parecía a un gabinete en diferido para el 2010, con un promotor que notificaba los tiempos al registrador, al Congreso y a la Corte Constitucional para que no tuviesen dudas de quién mandaba a quién, hicieron, tal vez, el único acto popular desde su existencia como letra.
Tamaña eficiencia para tan descomunal tarea se diferencia radicalmente de la inoperancia con la que actúan dos de sus militantes en los ministerios de Transporte y Protección Social. Paros de transportadores, planillas para pobres sin resolver, fosygas sin pagar, carreteras prometidas sin hacer y túneles sin línea clara, confirman que la militancia, cuando no está en la cárcel, no se caracteriza, ni siquiera, por falsos positivos. A no ser que cobren los logros de su fundador Juan Manuel Santos, la U ha pasado más con pena que con gloria desde su fundación. Eso es tan evidente que el último gesto de paz del Comisionado fue solicitar su disolución.
Hoy la coalición de gobierno también sufre problemas de legitimidad. No sólo por la parapolítica, sino por los escándalos. Cambio lo único radical que ha hecho es que cuando no graba conversaciones, plagia ponencias. El otro, el que por su nombre quería asimilarse a un ave, ni tiene alas, ni trabaja en equipo y mucho menos representa a Colombia. Y lo que era toda una convergencia, con contadísimas excepciones, terminó siendo una delincuencia ciudadana. El resto de misceláneas políticas casi todas cambiaron el debate político por el jurídico, salvo el conservatismo, que ideológica y burocráticamente está pleno con este Gobierno, pero que teme que el presidente cambie la U por la C y termine de tragarse lo que queda de partido.
Lo cierto es que para que todos puedan seguir sobreviviendo en la política no les queda más que la reelección de Uribe. No fue posible promover heredero, así el Ministro de Defensa traiga asesores de imagen, contrate fonoaudiólogas, haga el ensayo del paso militar en los Estados Unidos, lance y anuncie resultados de operativos militares sin consultarle a su jefe y cree partidos que después trabajan para otro. Él sí sabe para quién trabaja.
Como dice Pachito Santos, “como no fuimos capaces de ser un buen relevo, pues que el pueblo escoja”. Pero de pronto les sale el tiro por la culata. No menosprecien al pueblito. La arrogancia no es buena ni cuando se va ni cuando se viene. Las únicas elecciones que el Presidente ha ganado son las de él. El referendo del 2003 y las elecciones regionales y locales de esa época y las recientes del 2007 muestran que si es por antecedentes no le va bien.
Aprobada la convocatoria a referendo reeleccionista, se necesita como mínimo siete millones de votos que lo refrenden. Tarea nada fácil, pues al otro lado lo único que habrá será abstencionismo. Por eso el Presidente debe estar deshojando el trébol. Voy o no.
De ir, habrá logrado lo insólito; que después de seis años la oposición se una. Ese sí es un verdadero acto democrático. Se imaginan a Robledo y a Gaviria César presidiendo actos juntos. A Fecode organizándole la tribuna a Rudolf Hommes. A Héctor Elí Rojas discutiendo sobre clientelismo con Antanas Mockus. A Luis Carlos Villegas con los presidentes de las centrales. A Petro haciendo samperismo. A Alfonso Gómez Méndez con Jaime Castro. Sólo por ver esos y más encuentros de esa originalidad creo que esos cinco millones de firmas no nos deben atortolar, sino más bien estimular a quienes no hicimos parte de ese firmatón reeleccionista para que le hagamos una oposición seria y amplia.