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Porque nada debo, temo

10 de diciembre de 2008 - 10:22 p. m.

CREER EN LOS DERECHOS DE LOS GAY no es sinónimo de Satanás. Considerar que la única que puede decidir si aborta o no es la propia madre, no quiere decir que se sea cómplice de asesinato. Poner de presente que la terna a Procuraduría es ilegal porque no incluye a una mujer, no significa que sea afeminado.

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Preguntar por qué las telenovelas no tienen un protagonista negro, no me puede convertir en blanco de los blancos. Repetirme la novela Sin tetas no hay paraíso, no puede ser equivalente a obscenidad. Que yo tenga un solo apellido, no puede ser asimilado a bastardo. No usar corbata no puede constituirse en falta contra la urbanidad. Preguntar por qué no hay detenidos por los asesinatos de Soacha, no me convierte en un habitante de calle. Ser suscriptor de SoHo no lo hace a uno seguidor del anticristo. Separarse, divorciarse y volverse a casar no es equivalente a un bígamo. Éstos, son algunos de los derechos a la personalidad que en las últimas décadas se han vuelto parte vital de la agenda ciudadana contemporánea.

Por eso no deja de ser preocupante la chorrera de acusaciones contra el doctor Alejandro Ordóñez, a quien se le acusa de atentar contra esos derechos. Ni una de esas acusaciones ha sido desmentida. Y a esa sensación de incertidumbre se agregan las afirmaciones recientes del Presidente, que considera como ejemplo de gobierno a sus antecesores Guillermo León Valencia y al promotor del estatuto de seguridad, Julio César Turbay Ayala. Con el primero, ser zurdo equivalía a una deformación congénita y lo obligaban a uno a amarrarse la mano izquierda para aprender a escribir con la derecha. Y con el segundo, ser izquierdista suponía ser torturado en el Cantón Norte. Parafraseando el viejo adagio, podría señalar que las circunstancias dan para que los que nada debamos, temamos.

Algunos dicen que no había de dónde escoger. Pero hay conservadores de conservadores. Gente como Camilo Gómez, un hombre comprometido con la reconciliación de los colombianos, pero al mismo tiempo vertical cuando no encuentra disposición para ello, como sucedió en el Caguán. Víctima de críticas atroces, que no le produjeron ningún resentimiento contra sus detractores. Liquidó la otrora e inoperante EDIS ayudando a limpiar la ciudad sin que ello se convirtiera en un barrido de las ideas de sus opositores. Y seguramente no comparte mucho del listado de los derechos a la personalidad que yo defiendo, pero no por eso promueve que pasemos al tribunal de la Inquisición. Es más, comparto con él que el cambio de timonel en el gobierno de los Estados Unidos coloca la prioridad en la defensa de todos los Derechos Humanos. De todos, todos.

Es posible que esta columna más que de opinión sea una constancia histórica. Teniendo en cuenta la memoria colombiana, que tiene un largo plazo de dos horas, va a tener de histórica lo que yo tengo de automovilista de Fórmula Uno. Es posible que en el camino nos encontremos con una agradable sorpresa. Un procurador que por su actitud termine dándonos lecciones éticas y de respeto a la discrepancia y a los derechos colectivos e individuales. Máxime cuando nos encontramos con un presente cargado de denuncias y con una próxima campaña electoral llena de incertidumbres en cuanto a garantías se refiere. Pero repito lo que suelo decir; prefiero arrepentirme de haber hecho este pronunciamiento a lamentarme por no haberme manifestado.

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