En torres de apartamentos el viaje en ascensor se convierte a veces en oportunidad de fugaces e increíbles conversaciones. Mi torre tiene 31 pisos, ello permite intercambios de algunos minutos. Hace pocos días entramos al ascensor en el primer piso un grupo muy variado de personas, unas conocidas entre sí, otras no, y se dio la siguiente conversación mientras cada quien se iba bajando en su piso.
Una señora dijo a otra: Mi marido tenía un sueldito más o menos, ahora se pensionó y la pichurria de pensión no le alcanza para nada. Mi hijo, graduado y todo, no encuentra trabajo hace meses. Y ahora a esos de los sindicatos les da por hacer un paro. ¡Qué fastidio! Lo van a hacer diciendo mentiras, como explicó el presidente en la televisión.
Un joven, seguro estudiante, comentó: Señora, ¿pero usted le cree más al presidente que a la situación de su marido y de su hijo? Por eso se hace el paro, para que haya pensiones decentes, empleo, educación, menos corrupción y no maten a los líderes. Joven —dijo la señora—, de pronto es así, es que uno no siempre cruza la información, ¡dicen tantas cosas!
Desde atrás una señora, de unos 30, dijo: Yo soy empleada doméstica en estas torres y ayer en un apartamento también se comentó lo del paro, unos a favor y otros en contra. Entonces mi patrón cogió el periódico, creo El Espectador, y leyó la columna de una señora Patricia: “Por qué marcharé el 21”. Es un artículo cortico. Cuando terminó, todos dijeron que hay que apoyar el paro, esto no puede seguir así.
Lo malo es la violencia que les meten a esas marchas, dijo un señor con apariencia de pensionado. Sí, pero eso no proviene de los organizadores, dijo otro señor menos veterano. Yo soy abogado, en todo el mundo las marchas presentan actos de violencia protagonizados por minorías ínfimas. Lo malo es que parece que, en ocasiones, son agentes infiltrados, policías de civil, los que instigan los disturbios. La policía provoca también cuando hace uso desmedido y brutal de la fuerza.
Yo sí no estoy con ninguna forma de violencia, las marchas justas tienen que ser pacíficas para que no se deslegitimen, intervino otra vez el estudiante. Ahora vamos a tener brigadas de autovigilancia. Queremos que la marcha del 21 sea reconocida y respetada y el Gobierno se vea obligado a negociar, como se logró a fines del año pasado (diciembre de 2018) cuando las marchas estudiantiles ganaron más presupuesto para las universidades.
Iban disminuyendo los pasajeros del ascensor. Ya me tocaba a mí pasar de escuchar a decir algo. Yo estaba que me hablaba, cada vez que alguien abría la boca yo lo miraba a la cara y a los ojos a ver si era con aire de verdad que decía las cosas. Constaté que la gente siente verdadera indignación, entonces me atreví a decir: Yo soy columnista y quiero que recuerden que esto de las grandes marchas está pasando prácticamente en todo el mundo.
Una señora morenita de gafas dijo: Yo soy profesora universitaria, con mis alumnos estamos tratando de entender todo lo que pasa en Ecuador, Chile, Bolivia, Hong Kong, Líbano, en Francia con los chalecos amarillos, con los campesinos en Alemania. Esto no es asunto de unos revoltosos desadaptados en Colombia, es una explosión global de inconformidad porque la riqueza se sigue concentrando y ahora el planeta mismo está en riesgo con el cambio climático.
Profesora, siquiera lo dice, me ahorra palabras, dije cuando ya íbamos pasando precisamente el piso 21. Busquen un video de Manuel Castells en YouTube. Este sociólogo español explica muy bien lo que está pasando. Las protestas, marchas y paros no son un capricho. La gente del común está rebelándose. El abogado y la empleada doméstica se bajaron en el mismo piso, pero antes él dijo: Yo salgo el jueves 21. Nos vemos en la marcha, dijo ella.
El ascensor llegó al último piso, yo me pasé del mío por estar poniendo atención a esta conversación. Fue superrápido, pero muy interesante.
@luisisandoval, lucho_sando@yahoo.es