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Mi generación

06 de junio de 2016 - 10:10 p. m.

Siento que he vivido cincuenta años de juventud: los últimos 40 del siglo pasado y los primeros 10 del presente.

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En este tiempo nunca experimenté límites para emprender nuevos caminos, el horizonte parecía dilatado sin fin. A las personas que encontré, admiré o amé en esta eterna juventud las estoy recordando ahora con nostalgia estremecedora.

Me sorprendo yo mismo de no recordar sino lo bueno de aquellos y aquellas con quienes he hecho cada parte del camino. Cuando en ese portentoso disco duro que es la memoria humana aparece el rostro, la voz, la actuación de alguien presente en mi vida espontáneamente lo que hago es sonreír en mi interior.

Considero de mi generación a todos y todas los que se cruzaron conmigo en esos fugaces 50 años. Los religiosos de la época de mi primera formación… algunos fueron o son hoy obispos, los compañeros y compañeras sindicalistas, importantes dirigentes, algunos llegaron inclusive a ser ministros de trabajo, los copartidarios en distintos y sucesivos proyectos políticos, los veo hoy plenamente realizados en importantes espacios aunque no hayamos hecho la revolución como lo soñamos con autenticidad y seriedad, muchos terminaron haciendo brillantes carreras académicas y han sido extraordinarios escritores o escritoras, profesores y aún rectores de claustros universitarios.

No me importa hoy recordarlos por identidad o diferencia ideológica, todos recobran una viva presencia como copartícipes de las mismas circunstancias de existencia. Nuestras biografías singulares forman parte de la misma historia y ciertamente una característica que podemos orgullosamente exhibir es que no vivimos pasivamente nuestro tiempo sino que, como canta Gigliola Cinquetti, “charlamos tan confiados y optimistas de grandes cosas que íbamos a hacer”.

Todos y todas hemos sido incidentes en algo en algún momento y creo que podemos contarnos entre los sembradores visionarios de la paz que viene. Vivir de otra manera, gobernar y conflictuar de otra manera: más digna, más plural, más democrática, más creativa, fue ciertamente una indomable ambición que quisiéramos heredar a las nuevas generaciones.

No todos fueron madres y padres, pero quienes lo hemos sido tenemos un motivo grandioso de satisfacción al haber librado la batalla por la instalación en el mundo de nuevas vidas, a su vez proyectadas a la plena realización de sí mismos y de los demás. Con hijos o sin hijos, nuestra vida toda ha constituido un esfuerzo por ser más humanos nosotros mismos y por crear condiciones para que en adelante todos los hombres y mujeres del planeta puedan de alguna manera ser más humanos, esto es, más libres, más solidarios, más responsables y más felices.

Cuando paso la vista sobre esa multitud que es nuestra generación constato que no hemos vivido en vano, no obstante el mundo extremadamente difícil en que nos tocó vivir. “Encadenados a la vida supimos de la cruel realidad”. Difícil, pero ello no impidió que fuéramos felices. También aquí, a pesar de todo, podríamos cantar: “Qué tiempo tan feliz, sin una nube gris, y aquel cantar alegre del ayer por nuestra juventud, llenos de inquietud tuvimos fe y ganas de vencer”.

Alguien me preguntó una vez ¿qué lo hace feliz? y no vacilé en confesarle: una causa, una mujer y unos libros. Siempre tuve una causa, Amanda (participio latino que significa hay que amarla) fue única en mi vida, mi inagotable inspiración, y libros nunca me faltaron. Estoy de acuerdo con Borges inmortal: “Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Los libros son personas y los hijos son libros que hablan de sus padres, los nuestros fueron Camilo Ignacio, Francisco Ernesto y Luis Alejandro. Con ellos siempre.

@luisisandoval
 

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