Cuando la gente se toma la calle en plan de tomar la palabra, porque le interesa hacerse oír en un debate público, en últimas para cambiar el curso de políticas públicas, está apareciendo en la sociedad otra forma de democracia: la democracia de movilización que lleva consigo la deliberación y participación poniendo contra las cuerdas, sin pretender suprimirla, a la democracia de representación (gobierno, congreso, partidos).
El fenómeno parece fuera de los cánones del juego democrático, pero no es así en un concepto cabal e integral de democracia y atendiendo a la experiencia de siglos en el mundo entero y en el país.
El prestigioso historiador inglés Eric Hobsbawm, quien acaba de publicar Cómo Cambiar el Mundo, ha hecho notar que las marchas callejeras son votos con los pies que equivalen a los votos que depositamos en las urnas con las manos. Ello porque los que marchan eligen una opción, protestan contra algo y proponen algo. La acción colectiva en la calle o en recinto cerrado, como acto clamoroso de multitud o como acto cultural, expresivo, comunicativo, de construcción de discurso y en ocasiones artístico, expresa una diferencia u oposición, afirma una identidad, transita de un asunto particular a un enfoque más general y cuando se sostiene en el tiempo toma visos de movimiento social.
Claro, si en la sociedad democrática no se produjeran estas oleadas de movilización por causas justas no habría democratización, es decir no habría la presión necesaria para hacer efectivos derechos consagrados, ni la fuerza e inventiva para crear nuevos derechos. En otras palabras, para tener una sociedad genuinamente democrática no basta que haya democracia como ejercicio de libertades públicas, se requiere que haya democracia como posibilidad de avanzar en condiciones de igualdad, dignidad y calidad de vida, y ello requiere como palanca fundamental de la movilización social con todo lo que ella implica.
Las marchas estudiantiles, que progresivamente involucran a otros sectores de la población, contra el proyecto de reforma de educación superior del gobierno y por educación pública gratuita, de calidad y autonomía universitaria, a través de un proyecto concertado entre autoridades y estudiantes, es una extraordinaria muestra de lo que puede la acción colectiva cuando tiene claros los objetivos, un sentido político no partidario y sostiene firmes las riendas de la conducción.
Las sociedades se incomodan con los movimientos y aún los consideran perjudiciales. Solo cuando triunfan reconocen sus bondades y asimilan sus conquistas a la cultura e institucionalidad vigentes. Arduo trabajo, a veces toma siglos. Como las 8 horas de trabajo, como el sufragio universal, como la igualdad de derechos hombre mujer.
Con movilización se han civilizado las sociedades que hoy conocemos como modernas, avanzadas y democráticas. Toda Europa, Estados Unidos y aún América Latina y África son fruto de movimientos y revoluciones que les dieron la independencia, la libertad, la democracia y cierta igualdad. La historia de la contienda política muestra cuál es el objetivo y sentido del griterío que a veces nos parece incomprensible (McAdam, Tarrow, Tilly, Touraine, Fals).
En Colombia está tomando auge la democracia de movilización o civilismo radical democrático. La acción colectiva de indígenas, campesinos, mujeres, trabajadores, ambientalistas, pacifistas, víctimas, usuarios, estudiantes que buscan reformas sustantivas en diferentes asuntos claves de la vida cotidiana dificultosamente se abre paso entre las opciones armadas y entre los amagos de cambio para que todo siga igual. El proyecto insurgente y el proyecto de las élites están rebasados, un nuevo sujeto plural y un nuevo proyecto de democracia en profundidad está surgiendo desde abajo en Colombia. Este radicalismo ciudadano es la vía de la paz.