Esta columna y la próxima contienen observaciones puntuales sobre la relación entre paz y política en las circunstancias actuales del país. La oportunidad está dada por la carta de Iván Márquez y Óscar Montero (fechada el 22 de septiembre), el proyecto de reforma política que discute el Congreso por iniciativa del nuevo Gobierno y los pronunciamientos y emprendimientos de las fuerzas alternativas.
“Más que en crisis, el orden político colombiano está en descomposición. Una paradoja porque si la paz es una proeza de la política se supondría que la política goza de buena salud. Pero no es así. Y el asunto es que la paz no puede construirse, una vez terminado el enfrentamiento, sino mediante más y mejor política. Por ello, ya en mi libro de 2001, Guerra, política y paz, señalé sin rodeos: si queremos la paz, revolucionemos la política” (en la solapa de Paz naciente, 2017).
La clave de la paz está en la política. Elemental, pero precariamente asumido. A un conflicto de naturaleza política le correspondía una salida política y la consecuencia en la vida del país debería ser ahora el surgimiento de una nueva realidad política. Pero ocurre que los dos primeros pasos (premisas) no se dieron nada bien, por eso está resultando tan difícil el tercero.
El país no cambió el estereotipo de narcoguerrilla terrorista instalado en la conciencia pública durante ocho o diez años. Una enorme deuda ética sigue sin saldarse por parte de todos los actores intervinientes en el prolongado y atroz conflicto que produjo tantos millones de víctimas. Ni Gobierno, ni insurgentes, ni actor alguno de sociedad (movimiento, partido, iglesia) emprendió tamaña empresa formativa y clarificadora entre la ciudadanía. Este déficit sigue atravesado en el camino.
Una paz trabajosamente conseguida, rabiosamente impugnada desde el mismo comienzo en agosto de 2012, sin pasión en la sociedad, era previsible –así lo observé repetidas veces, otros también lo hicieron– que fuera una paz imperfecta pero, a la verdad, nunca nadie alcanzó a sospechar que fuera tan imperfecta al punto de terminar en manos de sus críticos y opositores acérrimos que hoy forman parte del Gobierno.
Queda al descubierto que en realidad lo ocurrido fue que gran parte del establecimiento, con los conservaduristas y guerreristas más recalcitrantes al frente, se opuso y sigue oponiéndose a la paz política, empecinado en que los diálogos y acuerdos solo signifiquen el cierre formal del conflicto interno armado, sin trascendencia alguna en la realidad social, económica y política del país.
El presidente Santos fue galardonado con el Nobel por su persistencia en los diálogos a pesar de grandes obstáculos, pero no por asegurar voluntad política, participación ciudadana y capacidad institucional para una paz estable y duradera.
La paz burlada de hoy es el resultado de la política envilecida que caracteriza la vida del país. Con ello hago referencia no solo a la saña del uribismo que apela sin escrúpulos a tácticas de posverdad, sino también al modo santista de gobernar, habilidoso en jugar todas las cartas sin obligarse con nadie.
Esos factores se hacen más patentes aún al momento de tener que cumplir e implementar lo pactado. Naturalmente de tales antecedentes no podía esperarse que estallara esplendorosamente la paz. Henry Acosta, pieza clave en el despegue de los diálogos, reveló hace pocos días los problemas que él identificó a tiempo, las propuestas que hizo y la ninguna atención que prestó el Gobierno.
Más antes Sergio Jaramillo y Humberto de la Calle, artesanos esmerados y bien intencionados de los diálogos, habían hecho advertencias pertinentes y oportunas sobre lo que podía pasar y está pasando con la clase política respecto a los acuerdos de paz. Por espacio no abundo aquí en su testimonio que el país conoce.
La carta de Márquez y Montero expresa esa patética y trágica realidad. Creo que los términos de la misma constituyen el balance más verídico y descarnado de lo que hasta ahora hemos llamado proceso de paz. Exigen garantías y cumplimiento, en ninguna parte plantean desistir de la paz, al contrario, se reafiman en ella.
Los enconados opositores de la paz están logrando imponer condiciones de rendición a los antiguos insurgentes farianos con la poderosa ayuda del fiscal general designado con el guiño de Santos. Explicable y válida la exigencia del jefe negociador de la insurgencia en La Habana.
A pesar de todo ello (lo subrayo), la paz gatopardista de Santos no es una paz perrata, es decir, no es despreciable, no es tan insignificante que se justifique volver a las armas para proseguir la guerra. Se equivocan las disidencias y quienes contemplen engrosar sus filas.
Estoy persuadido de que la guerra en Colombia no tiene futuro como recurso emancipatorio de las mayorías populares que aspiran a vivir mejor, esa es la experiencia de más de medio siglo y no hay discurso de estrategia o resistencia táctica que convenza de lo contrario.
Ni hay razón válida para desconocer o modificar sustancialmente los acuerdos. Ojalá el presidente Duque, como se lo demandó Humberto de la Calle el domingo en este diario, respete los acuerdos y si en algo considera que deben modificarse lo discuta con la exguerrilla que ahora es partido político.
A lo que conduce este análisis es a apreciar la enormidad de la tarea que le corresponde adelantar a la sociedad, esto es, al movimiento sociopolítico que surja en esta etapa de posacuerdo para lograr que la paz sea cabal y completa.
No puede ser ya el movimiento que empuja el carro para que lo sigan conduciendo las élites conservaduristas, tradicionales o emergentes, sino uno que sea capaz de ponerse al timón para conducirlo por vías de cambio. Por eso tienen plena razón, con toda la fuerza del sentido común histórico, los dirigentes y parlamentarios del partido de la rosa en reiterar que el camino no es el regreso a la guerra o al limbo, sino la prosecución, sin vacilación, en la búsqueda clarividente, esforzada, irrevocable de una paz auténticamente transformadora. A eso llaman a quienes con justeza reclaman garantías y cumplimiento.
Se requiere un visionario y audaz movimiento que haga realidad un pacto de paz con transición efectiva apelando al protagonismo de la sociedad. Hechos recientes y actuales muestran que eso no es una quimera, sino que hoy puede afirmarse que un sujeto político plural alternativo, capaz de construir paz, equidad social, relación amistosa con la naturaleza, transparencia en el manejo de lo público y dignidad nacional está en camino y que es preciso ayudarle a nacer. Tema para la próxima semana.