Hechos ocurridos en las dos últimas semanas, han hecho declarar tanto al Presidente de la República como a los voceros de las Farc en La Habana que existe riesgo de ruptura en las conversaciones de paz.
Sin duda tal riesgo existe por razones que hoy salen a flote pero que están presentes desde la concepción e inicio mismo del proceso.
Las conversaciones de paz son frágiles en las dos orillas. A pesar de que el acuerdo general FARC-Gobierno y los diálogos exploratorios ELN-Gobierno plantean que se trata de hablar para poner fin al conflicto político armado, esa decisión de cerrar políticamente el conflicto en la realidad aún no existe. El gobierno dialoga pero persiste en la ofensiva militar dando a entender que finalmente más que por las conversaciones el conflicto se acaba, o acabaría, porque la guerrilla es sometida y vencida, más aún, exterminada. Ambas guerrillas perciben, sin duda, que la lucha armada, en condiciones que hoy son inocultables e ineludibles, quizá no tiene futuro, pero, no obstante, en su fuero interno no han llegado a la conclusión irreversible de que ya es tiempo de dejar las armas y emprender con decisión el camino del ejercicio civil de la política. Por eso se ha impuesto y aceptado negociar en medio del conflicto lo que hace extremadamente frágil el proceso.
No estamos en desarrollo de una paz de Estado sino tan solo de una paz de gobierno. La primera existe cuando el tema de la paz se sustrae a la competencia política porque todas las fuerzas partidarias, liderazgos y corrientes de opinión, o la mayoría de ellas, tienen un acuerdo básico en torno a la necesidad de cesar definitivamente la confrontación armada. No ocurre así en el país. La oferta de salida política del conflicto no se ha hecho por la existencia de ese amplio consenso nacional que se traduzca en una estrategia compartida que vaya más allá de los cuatro años de un gobierno, sino que ha tratado de convertirse en el trofeo de sucesivos gobiernos: Betancourt, Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe, Santos. Cada Presidente cree tener en la victoria electoral la base y la fuerza suficiente para emprender la compleja tarea de la paz y triunfar en ella. Obviamente así no se puede construir política de paz de Estado.
Una de las razones y resultados de la no existencia de un acuerdo básico alrededor del camino político hacia la paz es que actores políticos importantes y liderazgos políticos destacados alimentan una estrategia distinta a la del diálogo, quieren la paz como fruto de un aplastamiento militar de los grupos alzados en armas en los cuales solo ven terroristas.
El movimiento social de paz existe pero tiene una reducida incidencia. Desde la sociedad en todos sus ámbitos y niveles se ha hecho manifiesta la necesidad de terminar políticamente el conflicto armado, pero esa fuerza no ha alcanzado la estatura, ni la cohesión programática, ni la capacidad de iniciativa, movilización y voto, que permita incidir con eficacia en la formación de voluntad política de los actores armados.
Tales circunstancias entrelazadas son las que hacen tambalear el actual proceso de paz, a pesar del avanzado estadio al que han llegado las conversaciones. La hora de la paz es la hora de la política, esto es, la hora de la sociedad, por ello la hora de un vigoroso, incluyente, movimiento social de paz que sea portador a la vez de un proyecto de país con más equidad y más democracia y portador de soluciones reales a los sucesivos impases del proceso.
lucho_sando@yahoo.es / @luisisandoval