La realidad política revelada el 11 de marzo donde las figuras y las fuerzas de Iván Duque y Gustavo Petro descollaron claramente en sus respectivos campos, “cambio conservadurista” uno, “cambio progresista” el otro, está conduciendo a una serie de movimientos políticos para consolidar esa realidad o para modificarla.
Descollaron los dos pero no están iguales, el primero lleva gran ventaja al segundo. La ventaja de Duque quizá se explique porque ha sabido combinar el pertinaz impulso del uribismo con el buen talante del candidato, porque ha contado con buena prensa y porque logró consolidar su coalición a tiempo.
El rezago de Petro quizá se explique porque aún se queda corto en canalizar el legítimo poder de la inconformidad, sobre todo la de los jóvenes, porque la estigmatización es implacable, y porque alrededor de él no ha cuajado la coalición potencialmente posible.
No creo que todo lo que Duque parece tener realmente lo tenga, no creo tampoco que Petro haya llegado al tope de lo que puede ganar. Para entender este fascinante proceso de encuestas altas y plazas llenas, aparato y opinión, hay que despersonalizarlo. Lo que realmente está en juego es si el país sigue por un camino de retaliación o si, por fin, entra por la senda de la concordia.
Retaliación quiere decir menos democracia, concordia quiere decir más democracia. La propuesta económica y la perspectiva política de la retaliación marcan menos democracia, lo acaba de demostrar agudamente Héctor Riveros en la Silla Vacía; la propuesta económica y la perspectiva política de la concordia marcan más democracia como ha quedado claro en los debates realizados en las universidades, el último de ellos en Columbia University, Nueva York.
Resumiendo: el país no ha entendido que hay una propuesta de cambio hacia atrás y una propuesta de cambio hacia adelante, codificadas aquí como retaliación y concordia. Las apariencias son engañosas, cada propuesta parece lo contrario de lo que es. Además, lo reitero, la primera está rodeada de fuerzas que tienden a crecer ampliando la coalición y la segunda está soportada en importantes fuerzas que siguen vacilando en coaligarse o solo lo harían parcialmente. Por eso no basta un café de dos…
En todo ello va el papel del centro político que los periódicos Tiempo y Espectador, la Revista Semana, El País de Madrid, y medios virtuales, han tratado de esclarecer: “¿Quién se queda con el centro?”. Está bien formulada la pregunta porque hay muy fuertes indicios de que el centro ya no será la opción que escoja mayoritariamente la ciudadanía, pero los actores de centro sí van a contribuir a la dirimir el pulso entre las posiciones en juego que ya no son polarización.
Está mal caracterizada la situación como la de extremos polarizados. Hay dos posturas básicas: una retardataria, otra progresista, nueva pluralidad, ya no Uribe y Santos. Lo deseable, obvio, es que el centro contribuya al triunfo de un progresismo amplio, firme, equilibrado… Para explorar esa posibilidad es el café de tres…
Este entendimiento entre centro, liberalismo y progresismo, los que están por el cambio hacia adelante, es lo que esta columna ha asumido como opción alternativa: la confluencia de las causas de la transparencia, la justicia social y la paz que expresan las luchas del pueblo colombiano, durante décadas, por democracia real y dignidad.
Estoy seguro que Fajardo, Petro y De la Calle entienden perfectamente este racionamiento. Ellos simbolizan la transparencia, la justicia y la paz, que son indisociables, ninguna es posible sin las otras. Tres causas, tres voceros… una victoria. Un café no se le niega a nadie.