«No ser amados es una simple desventura;
la verdadera desgracia es no amar»
Albert Camus
No entiendo ninguna practica feminista sin revolución amatoria. No encuentro la manera de una vida libre para las mujeres, ni para alguien más, sin un amor consciente, elegido, sanador y libertario. A caminar se aprende caminando, a leer se aprende leyendo. A pensar se aprende pensando y a amar se aprende amando. Como todo en la vida: El amor es una capacidad y talento que desarrollamos a partir de nuestra emocionalidad.
Este asunto no es de moral, ni de tradiciones ni de cultura per se, como nos lo han querido hacer creer quienes decidieron hacer del amor un campo tan hostil como confuso, contaminado de prejuicios y conceptos impuestos. ¿Por qué? Porque el amor es una de las metas más importantes de la mayoría de personas.
De hecho, sin el amor la mayoría de personas consideramos que nuestras vidas están incompletas y por eso el amor también fue envasado como cualquier producto y es uno de los que más dinero genera en la humanidad. El amor mueve millones de millones de dólares alrededor del mundo. Envasado en diferentes formas, desde cuentos infantiles pasando por narrativas más adultas en libros, novelones y conferencias de autoayuda. Esas son solo algunas entre otras más presentaciones, sumando a charlatanes del mundo vendiendo “claves o fórmulas matemáticas” para amar y ser amados.
En consecuencia, el amor se ha convertido en el campo de batalla interno individual más complejo que cada persona debe asumir. Y es tan grande la necesidad del amor en nuestras vidas que hasta los baños y ritos mágicos, energéticos y herbales para el amor, les funcionan a quienes han depositado su fe en el amor. Sea cual sea la forma entendida de ese amor, toda fórmula mágica para amar y ser amados funciona para quienes tienen el deseo firme. Es tan poderosa la fuerza de esa necesidad humana que desde el inicio de todo el amor ha sido la base de todas las construcciones sociales, religiosas y humanistas.
Sin embargo, casi nadie ha querido hablar del amor como territorio político. De cómo por ejemplo la Iglesia y el Estado usan el amor para domesticarnos en sus leyes y manipularnos a su antojo en pro de todos sus intereses. O de cómo el amor atado a la monogamia fue la manera que el Estado encontró para controlar nuestro patrimonio que beneficiaría a la Iglesia y al Estado por igual entre impuestos y ofrendas.
Y no que el amor monógamo no exista sino que el amor monógamo no es el único existente. No nos han querido contar que el amor censurado es también parte de una macabra industria: “la industria de lo prohibido”. Mientras el amor censurado exista, sus regalías siempre beneficiarán a la economía mundial.
Desde la filosofía, la religión y la ciencia, mucho se ha tratado de explicar sobre el amor. Lo cierto es que el amor es una experiencia personal, intima e individual que se comparte, se reparte y que, aunque se corresponda o no, siempre se dinamiza en la humanidad y genera consecuencias irreversibles en quienes se abren a amar sin importar si son o no son amados.
Políticas amatorias imponen dinámicas de extremo por consecuencia enfermizas. Por ejemplo, Corintios 13: «El amor todo lo sufre». Y gracias a eso en la sabiduría popular se perpetuó la idea de que el amor es sufrido y el Estado permitió que la cultura hiciera de esa apropiación una la norma. Y una verdad absoluta. Porque eso facilitaría los matrimonios infernales con patrimonios valiosísimos tanto para quienes reciben impuestos como para quienes reciben ofrendas. Donde casi siempre “ella” tenía que soportar todo por amor. Porque solo el sufrimiento generaría un hogar digno de la bendición de Dios y del respeto social.
No. El amor no todo lo sufre. Ese absolutismo es falso, tan falso como el que afirma que podemos amar sin ninguna cuota de sufrimiento. El amor sí tiene sus momentos de sufrimiento porque todo lo que nos desacomoda nos produce alguna dosis de sufrimiento. ¿Siempre? No, no siempre.
Yo sigo aferrada a la verdad de Nicolás Chamfort: “Gozar y hacer gozar, sin dañar a nadie. Ni a ti ni a nadie. He aquí toda la moral”.
Dedicaré las reflexiones de este final de año a hablar del amor. Del amor como acto no solo político sino como acto revolucionario. No se trata de dejar de amar. Se trata de amar bien y, para logralo, hay que desmostar verdades absolutas sobre el amor.
* Ideóloga, Feminismo Artesanal