La emancipación femenina en Colombia es equiparable a un espejismo: está lejísimos de ser una realidad palpable. El machismo sigue vivo en los hogares, las oficinas, las plazas públicas y las zonas de guerra. Pese a algunos avances y leyes, quieren hacernos creer que, porque estudiamos, trabajamos, tenemos diferentes opciones y estilos de vida, ya es suficiente. La realidad es que todas nuestras elecciones están atravesadas no sólo por situaciones de género, sino también de clase.
“Las mujeres tienen razón de rebelarse contra las leyes porque las hicimos sin ellas”, bien escribió Michel de Montaigne en el siglo XVI. Y desgraciadamente hoy son palabras que siguen vigentes, no solamente en Colombia sino también en el planeta entero. Cada 13 minutos una mujer es violentada en el país. Somos víctimas de violencia permanente en el ámbito del hogar, con los amigos y en el campo laboral. El Estado es violento con las mujeres, la sociedad y la cultura. Lo más triste de todo es saber que existe la violencia intragénero, justamente propiciada por el machismo que nos enseñó a las mujeres a rivalizar entre nosotras desde la infancia. Otras mujeres nos hacen bromas terribles, sexistas y denigrantes, que causan risa porque esta violencia entre nosotras se ha visto toda la vida, tanto que parece normal.
Y callamos por miedo. Miedo a ser tachadas de amargadas. Miedo de ser señaladas, de parecer paranoicas, de ser juzgadas. Además, sentimos miedo de ser presas de un aparado judicial paquidérmico. Paradójicamente, no le tenemos miedo al aparato judicial, puesto que conocemos su crudísima realidad: este no está preparado para responder a nuestras necesidades, porque está corrupto y colapsado.
Estamos solas en nuestra realidad sin importar la cuna donde nacimos. “Las que tienen modos”, “las millonarias” y las que son reconocidas públicamente, pueden gritar y visibilizar su situación. Ellas sí pueden tener un poco más de esperanza, ya que son escuchadas en diferentes medios de comunicación y la sociedad presta atención a su situación. Estas mujeres reciben apoyos de diferentes partes, aunque tarden años en lograr algún mínimo de reparación. En cambio, a las pobres, las “nadie”, les he escuchado muchas veces decirme: “hay mucha mujer emancipada por ahí, pero eso no ayuda mucho. A mí no me ayudó. Yo solo quiero rehacer mi vida y no tengo cómo”.
Mi honestidad nunca me ha permitido darles esperanza porque sé que tienen toda la razón. Yo lo que puedo hacer es invitar a todas las mujeres con algún mínimo de poder estructural para que decidan apoyar a una “nadie” en su proceso de sanación y liberación, en su empoderamiento intelectual y económico. Cualquier respaldo que puedan dar a alguna mujer que no cuenta con ninguna herramienta para reiniciar su vida será útil, en el sentido en que le permitirá transformar el infierno que nos rodea, como mujeres.
* Ideóloga Feminismo Artesanal