ES TODAVÍA MUY TEMPRANO PARA ver los cambios que propone Barack Obama, pero ya el solo hecho de que los EE.UU., con ese racismo a ultranza que los ha caracterizado, especialmente a los blancos, anglosajones y protestantes, promotores del Ku Klux Klan, hayan elegido, por una mayoría indiscutible, a una persona de la raza negra para gobernarlos es un avance y una apertura muy significativa.
En Colombia, en cambio, se está viendo un racismo inconcebible contra la minga de más de 15.000 indígenas que han marchado desde sus comunidades del sur del país hasta Bogotá, después de un intento fallido para que el Presidente los atendiera en el camino. Lo hacen porque quieren volverse visibles, salir de la discriminación y la pobreza, y porque, desde siempre, los terratenientes se han apoderado de sus tierras productivas, particularmente en el Cauca, matándolos y ahuyentándolos como perro ajeno. Además se han visto cercados y asfixiados por el conflicto armado. Hoy, son comunidades pobres, mermadas y olvidadas, pero organizadas y con dignidad, con líderes inteligentes y consejeros sensatos. No hay que olvidar que sus antepasados fueron los primeros pobladores de estas tierras. Y en este momento están exigiendo lo que es apenas justo para cualquier colombiano.
La forma como los ha tratado el Gobierno no es buena. El mismo Presidente los acusó de ser “latifundistas”, que tenían el 27 por ciento de las tierras. En realidad, esas tierras de nadie no son aptas para la agricultura, porque son regiones amazónicas y las otras son parques naturales. Se leen y se oyen odiosos comentarios peyorativos contra los indígenas, como los de algunos columnistas y de gente que comparte ese círculo social racista y clasista, como si fueran de raza aria. Así se han expresado siempre, pero les da más tranquilidad hacerlo ahora en este ambiente contaminado de derecha terca que está viviendo el país. Durante la marcha hubo muertos indígenas y otra vez comenzó el sartal de mentiras por parte del Gobierno: No, que no fue la fuerza pública la que disparó, queriendo decir que se mataron entre ellos. Sin embargo, los noticieros extranjeros muestran a la fuerza pública disparándoles. Ellos reaccionaron y también hubo heridos de la contraparte. Ahora todos los que defienden un derecho, según el ministrico de Agricultura, son terroristas e infiltrados de las Farc. Como si los organismos de inteligencia no infiltraran las manifestaciones de los estudiantes para azuzarlos.
A pesar de que el Gobierno les está tomando el pelo, yo quiero pensar que las conversaciones van a salir bien para los indígenas. No porque sea del gusto del Gobierno, sino porque están las organizaciones internacionales de derechos humanos pendientes, ejerciendo una presión y observando. Esos son pasos de animal grande, que ningún gobierno descalifica, y más si juega a ser democrático, porque tiene muchas implicaciones. Eso puede hacer que el Ejecutivo oiga a los indígenas, no con aburrido paternalismo y menos con displicencia, y que converse con ellos y tome determinaciones con respecto a sus peticiones, que sean las justas, las que se merecen.
Una vez en ciudad de México, una señora colombiana, estrato seis, le gritó “indio bruto” a un indígena que estuvo a punto de atropellar con el carro. Él le contestó: “Lo de indio… a mucho honor”. Aquí nos falta mucho por aprender.