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La soledad de los gobernantes

29 de diciembre de 2011 - 06:00 p. m.

Asumen autoridades locales que como regla general no cuentan con el apoyo de fuertes tejidos sociales y políticos. Si entendemos al tejido social como la forma que toma la articulación y coordinación de las organizaciones y movimientos sociales, y el tejido político como la agrupación de la ciudadanía con grados de identidad y pertenencia política con un proyecto partidista, nos es fácil comprender su condición de principales víctimas colectivas de este conflicto armado y de la degradación de la política.

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De allí nace la fragilidad social y política con la que comienzan los nuevos mandatarios, y las dificultades que enfrentan los que honestamente pretenden realizar gestiones participativas que aborden los principales problemas de sus comunidades. No cuentan con partidos con sólidos vínculos directos con su base electoral, y dependen de amigos, técnicos y de alianzas de dudoso origen.

Los que provienen de los partidos tradicionales tienen que aceptar que sus líderes abandonaron las calles, y los reemplazaron por el uso y abuso de los medios de comunicación y la compra de votos, más eficaces y menos costosas políticamente. El gran caudillo de la plaza pública que conoce los nombres de todos los que se le acercan, fue reemplazado por oscuros clientelistas locales que venden sus votos amarrados al mejor postor, y que son los primeros en llegar a la oficina del funcionario electo a cobrar sus favores. Esto pervierte y aleja al ciudadano del sentido de la participación democrática, evapora la identidad partidista y genera el efecto de la “soledad de los gobernantes”, que tiende a derivar en el encierro autista del poder, o en el acudir a los tecnócratas para que definan el qué hacer, cuando no en la corrupción que aprovecha la falta de participación y control social.

Copiando el modelo tradicional, las organizaciones políticas de izquierda construyeron un tejido social propio, sin autonomía y condicionado a convertirse en su propio tejido electoral, y lo más avanzado que lograron fue la experiencia de la Unión Patriótica, que desde su entrega militante fue objeto de una sistemática masacre. Su renovación posterior incorporó una novedad: la mediación autónoma e independiente entre el tejido social y el político, que se realizaría desde la organización de los trabajadores, la CUT, sentándolos en la misma mesa y en pie de igualdad a la hora de construir el programa, la agenda y la acción política. Así nace el Frente Social y Político bajo la consigna de “socializar la política y politizar lo social”. Su rápido crecimiento electoral lo llevó hasta el Polo Democrático Alternativo, donde, producto de alianzas con sectores ya contaminados con la política tradicional, más los egos y dogmas de sus líderes históricos, terminan excluidas de su estructura política las organizaciones sociales, con lo que se pierde el control popular sobre sus funcionarios electos, con los resultados conocidos. Sus debates políticos quedan presos de una agenda parlamentaria determinada por el gobierno de turno, quien así recupera la hegemonía de la mediación de lo social y lo político.

Todo mandatario que aspire ser considerado democrático y transformador de las costumbres políticas, debería pensar en recuperar un tejido social autónomo e independiente, y en cómo proyectarlo hacia políticas públicas construidas participativamente desde un enfoque diferencial de derechos y con la perspectiva de género.

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