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Adiós al verde

23 de agosto de 2011 - 06:28 p. m.

Incertidumbre. Pura incertidumbre se cierne sobre los siete millones de libios, su país y su destino.

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Después de seis meses de cruentas batallas, más de 20 mil misiones aéreas de las fuerzas de la OTAN, un sinnúmero de operaciones de sus fuerzas especiales, una desconocida cifra de civiles muertos, destrucción, antesala del apocalipsis, cayó el régimen cuarentón del coronel Muamar Gadafi, simbolizado en el color verde, abarrotado de petróleo y gas, situado geográficamente en el centro de las costa mediterránea del África y geopolíticamente parte del mundo árabe, del Magreb, de África, del mundo islámico y de los no alineados.

Queda un país destruido en buena parte de su infraestructura, carente de instituciones estatales, sin ejército, ni policía, ni partidos políticos, ni gobierno alguno. Llegan al poder, sobre las alas de la OTAN, un colectivo heterogéneo de personas, agrupadas en el denominado Consejo Nacional de Transición (CNT), autoproclamados representantes del pueblo a dirigir el país hacia “una democracia multipartidista, teniendo como fuente la sharia (ley islámica)”, como reza el borrador constitucional por ellos redactado.

Sin duda alguna una gran mayoría de los rebeldes de a pie lucharon por un sistema más democrático e incluyente, incluso algunos de los líderes, pero habrá otros para los cuales su lucha fue por llegar al poder, por promover una agenda propia o por hacerse a parte de los enormes recursos energéticos del país.

Una libertad lograda a través de la violencia tiende a engendrar una cultura política donde la violencia se constituye en el medio para lograr un fin. Así sucedió con las guerras independentistas de los países americanos. Aquellos que la lograron de manera pacífica, como Brasil y Canadá, no sufrieron fenómenos de violencia política.

Libia es un país de regiones, tribus e ideologías diversas y conflictivas entre sí, lo que convierte en titánica la labor del CNT. El Estado libio toca construirlo de cero. Las comparaciones que se hacen con Irak y Afganistán, donde la “democracia” fue instalada por la intervención extranjera, no auguran nada bueno, aunque no debe asumirse que en Libia sucederá lo mismo.

Lo primero que tiene que hacer el CNT es garantizar la seguridad, evitar la anarquía y desarmar a las numerosas milicias, tanto rebeldes como pro Gadafi. Evitar que ocurra lo del Líbano, donde Hezbollah se quedó con sus armas, causando gravísimos perjuicios al Estado.

En este episodio surge también el antecedente problemático de la “interpretación amplia” que le dio la OTAN a la resolución 1973 del Consejo de Seguridad, que pasó de “proteger civiles” a derrocar un régimen. Está por verse si la extenderá la OTAN igualmente a construir Estado y democracia o si únicamente a quedarse con el petróleo y los contratos de la reconstrucción.

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