Finalmente, y para sorpresa de pocos, las Fuerzas Armadas egipcias derrocaron al presidente constitucional Mohamed Mursi, tras las gigantescas manifestaciones en su contra, e instalaron un gobierno de facto encabezado por el presidente de la Corte Constitucional, Mahmud Mansour, quien tiene como misión modificar la Constitución y convocar a prontas elecciones.
Mursi obtuvo la Presidencia tras una apretada victoria electoral, pero una vez en el poder hizo una lectura equivocada del resultado, sobrevaloró sus fuerzas y empujado por el ala radical de su partido, la Hermandad Musulmana, impuso “a las carreras” y sin debate una Constitución de corte islamista y demostró su talante autoritario.
La pobreza, el desempleo, el analfabetismo, los pésimos servicios de salud y educación, los frecuentes cortes de luz y la escasez fueron dejados de lado mientras Mursi adelantaba su agenda ideológica islamista y marginaba del Gobierno a sectores sociales fundamentales en la caída de Mubarak. Estos salieron a la calle a “desislamizar la Primavera”. Pero la sociedad egipcia queda profundamente dividida y fracturada. Derrocar un régimen democrático a través de un golpe militar plantea grandes riesgos. Los derrocados, sintiendo que los espacios democráticos se cerraron, podrían recurrir a la violencia, tal como ocurrió en Argelia en los 90. ¿Hasta dónde un ejército que ha detentado el poder por décadas puede erigirse como defensor de la democracia y las libertades?
Treinta meses después de estallar la Primavera Árabe sólo Túnez presenta un pronóstico medianamente aceptable. Al dictador sirio Bashar Al Asad, con 100.000 muertos a cuestas y el país en ruinas, se le alinearon los astros: Occidente vacila, mientras el gobierno de los Hermanos Musulmanes, principales opositores del dictador sirio, se hunde en Egipto. La siniestra estrategia de Al Asad, asesorado por sus aliados iraníes, parece dar resultado.
Estados Unidos queda en una posición incómoda; es el principal sostén de un ejército que derrocó a un gobierno legítimamente elegido. Desde la caída de Mubarak, Egipto enfrenta un muy complejo proceso de construcción de Estado que involucra múltiples y divergentes fuerzas políticas, sociales y religiosas, y un turbulento vecindario, por lo que pasarán años hasta que el proceso se decante.