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El patio trasero

08 de junio de 2016 - 11:00 p. m.

Washington. Tuvimos en la capital de la Unión Americana oportunidad de analizar con periodistas, académicos y congresistas cuál podría ser la política de Estados Unidos frente a Latinoamérica y a que se debe el poco interés que la región sigue suscitando entre los candidatos más allá de fantasiosas propuestas de construir muros.

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La doctrina Monroe –América para los americanos- que por casi dos siglos configuró las relaciones de Washington con el continente, estableció el “patio trasero”, parió la “diplomacia de las cañoneras” y “la guerra contra las drogas”, comenzó a diluirse a comienzos del milenio, tras el fin de la guerra fría y los procesos de democratización que se propagaron por el continente. Sólo el Plan Colombia fue reminiscente de tiempos pasados.

El concepto prevaleciente de que Estados Unidos en los últimos años, especialmente durante la administración de Obama “ha abandonado” a América Latina, riñe parcialmente con la realidad. Si bien con la notoria excepción del restablecimiento de relaciones con Cuba, la diplomacia ha sido menos visible y espectacular que antaño, Estados Unidos continúa manteniendo una fuerte presencia en el continente. El comercio bilateral ronda los 300 mil millones de dólares anuales, una cifra sustancial al igual que la inversión extranjera directa que ahora fluye en ambas direcciones. Washington tiene tratados de libre comercio con una docena de países de Latinoamérica y en Estados Unidos residen unos 60 millones de hispanos que sin embargo no hacen un lobby efectivo para promover los intereses de la región.

Como ha salido a flote en la actual campaña presidencial, para sectores de la población y formadores de opinión, América Latina no es más que es un “exportador de problemas”, ya sea narcóticos o emigrantes ilegales, no posee el atractivo cultural e histórico de Europa, los desafíos geopolíticos de Asia o el cataclismo del Medio Oriente.

América es hoy un continente fragmentado en el que no existe una organización internacional capaz de enfrentar la problemática o las crisis regionales. El liderazgo que alguna vez pudo haber sido ejercido desde Washington ha desaparecido sin dejar heredero como queda patente con la actual mega-crisis venezolana que para ser superada requiere de actores externos. La OEA sufre de parálisis crónica y los embelecos lulo-chavista de Unasur y Celac fenecen sin pena ni gloria en la nueva geopolítica americana. Llenar este vacío bajo nuevos paradigmas representa un desafío en el que Washington podría jugar un rol fundamental en los años venideros.

Estados Unidos sigue siendo el “socio esencial”. Al sur del Rio Grande las sociedades tienen más fascinación por Estados Unidos que por cualquier país latinoamericano, sus líderes se informan a través del New York Times, CNN o FOX, estudian en sus más prestigiosas universidades, las embajadas de Estados Unidos generan romerías como ninguna y la opinión de Washington siempre pesa. Así sea para desatar la diatribas de Maduro o Evo. 

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